Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

A mí también me lo han preguntado muchas veces: ¿son cultos nuestros políticos? Y me lo cuestiono en las noches en vela. A Jesús Álvarez Courel, jefe de servicio de Cultura de la Junta de Castilla y León, se lo han planteado en una entrevista en la Ser. Y él contestó, sin evasivas, pero con flema berciana. Haberlos, haylos, pero tampoco es que proliferen, vino a decir. Estoy de acuerdo. En la mayoría de los casos, la cultura del político -”como la del periodista-” suele consistir en tocar de oído, es decir, en haber escuchado algo sobre el huevo de Colón, pero ya no le preguntes si es el derecho o el izquierdo, pues eso exige erudición. La cultura -”la de cualquiera-” puede caducar, como los yogures; hay que ponerla a hacer flexiones si quieres mantenerla en forma, como hace el delegado territorial de la Junta, Eduardo Fernández, quien sigue estudiando en la Universidad. Y sí, tienes más posibilidades de encontrarte a Shakira en Ordoño que a políticos en librerías. Hay excepciones, además del citado representante de la Junta, se me ocurren: Francisco Álvarez, Perandones, Vallejo, Alejo, Chamorro-¦ pero son legión quienes prefieren áreas con más testosterona.

Por supuesto, todos tenemos lagunas en nuestra formación, pero las de algunos son del tamaño del lago Michigan; tampoco educación y cultura son siempre conceptos afines, pero de León de la Riva escribiremos otro día. La cultura sin otros valores en los que apoyarse sólo garantiza una facilidad para resolver crucigramas. Dicen que el cerebro de la trama Malaya tenía un Miró en el baño, y Stalin tocaba la balalaica. Un sinvergüenza siempre será inculto, aunque sepa latín. La bondad es la mayor señal de inteligencia. Y en política, la cultura es gestión y gesto; o sea, dignidad del hombre. Todo lo demás es cursilada.

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