FUEGO AMIGO
Camacho, uno de los nuestros
L a duda es si lo hemos tratado como tal. Murió el veterano sindicalista soriano Marcelino Camacho sin haber encontrado acomodo en la panoplia de reconocimientos que dispensa nuestra Comunidad, a pesar de su intenso protagonismo en el último medio siglo de la vida española. No tuvo, por ejemplo, la acogida del cardenal Marcelo, quien eligió para su retiro Fuentes de Nava y resultó distinguido con el Premio Castilla y León. Fueron dos figuras de contraste, cada una en un extremo del escenario de la transición. Aquel desdén institucio nal debiera valer para que el galardón a los Valores Humanos, que ignoró a Camacho, no relegara la memoria hiriente del salmantino Marcos Ana. Son nombres de una generación castigada, en la que el compromiso forzó a menudo al desarraigo de la emigración.
Tampoco La Rasa, donde nació Camacho y su padre fue guardagujas, es un pueblo convencional cuyo brasero de afectos vincule a sus naturales. Se trata de una finca remolachera que llegó a dar empleo a medio millar de obreros. Situada en el vado del Duero que vio pasar al Cid hacia su destierro, se apropió de la estación ferroviaria en perjuicio del Burgo episcopal. Hace un cuarto de siglo que se despidió el tren. Junto a la estación desmantelada se conservan los edificios de la azucarera. Durante la guerra civil, la aprovecharon los alemanes como aeródromo. En sus memorias, Camacho evoca aquel tiempo feliz cabe el Duero. Luego, su travesía vital de luchador ensartó penalidades hasta alcanzar la democracia. Exilio y prisiones fueron la antesala del diputado en Cortes. A pesar de la caída del muro, Camacho no dimitió de su militancia comunista y esa fidelidad hizo que fuera desposeído de la presidencia de Comisiones Obreras por los delegados de su sexto congreso, en 1996, al resistirse al proceso de modernización del sindicato. En esa línea se inscriben también sus difíciles relaciones con UGT, que sólo hizo posible la unidad de acción de la primera huelga general después de su salida de la dirección del sindicato. Superada la época de los pulsos televisivos con Nicolás Redondo (aquel famoso «mientes, Marcelino»), cuando se peleaba y discutía el liderazgo sindical fábrica a fábrica y sector a sector, la jubilación compartida los unió para un doctorado honoris causa en la Universidad de Cádiz. Pero ni siquiera entonces se resignó a observar desde la distancia la deriva de Comisiones. Tenía una opción militante para el timón del sindicato, que era Agustín Moreno, y a sus sucesores les reprochaba (en especial, al leonés Fidalgo) el abandono del comunismo y que ya no eran de izquierdas. Por eso lo desalojaron de la presidencia de Comisiones, como ya antes él había hecho con varios de sus compañeros fundacionales.