Diario de León
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León

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España mendiga

Perdió el trabajo, como su mu jer. Aguantó lo que pudo cobrando las ayudas del gobierno para esos millones de personas en la calle, con ganas de trabajar. Nadie los quería, desamparados ante el invierno económico que el país padecía, llamando a mil puertas cerradas. Sobraban de este mundo donde brillaban hermosas palabras de libertad e igualdad. Tuvo tentaciones de suicidio, les iban a echar del piso. Hacía frío, gélida era para él la sociedad. No podía quitarse la vida, aunque el mundo, inmundo, le había dejado mudo, como ante un abismo de absurdo que le iba engullendo, poco a poco. Tenía dos pequeños niños: ellos no podían sufrir, no tenían culpa de nada. Tampoco él. Se había esforzado en estudiar, en trabajar lo mejor posible, pero habían cerrado la empresa porque los deudores no pagaban los encargos. La falta de creencias le dejaba inerme, desnudo ante el horror que le congelaba las entrañas. Se había criado en un ambiente anticlerical, pero nada había sustituido a la religión. No había dónde agarrarse. Una depresión había hundido en negras tristezas a su pareja. Había perdido el sueño y con él se había ido la esperanza. Las ilusiones habían sido asesinadas. La pesadilla, sin embargo, la vivía despierto y una angustia cada vez mayor le oprimía el pecho. Dos de cada diez trabajadores estaban como él, con los brazos cruzados. Entonces descubrió el comedor de Cáritas, una institución de la Iglesia Católica, que él odiaba, por sus clérigos corruptos, aunque tenía gran simpatía por la figura de Jesucristo. Comer de la caridad era lo último que se hubiera imaginado cuando estudiaba en la universidad. Su familia no podía ayudarles más. No fueron ellos los únicos con niños en acudir a esos comedores donde esperaban en hileras junto a mendigos y expresidiarios. El mito del progreso parecía una carcajada grotesca. Les daban de comer, sin pedirles nada a cambio. Algo estaba equivocado alrededor. Hasta le dieron ganas de rezar, para ver si se realizaba el milagro y hallaba alguna colocación en lo que fuera, ya daba igual. Los niños miraban tristes la procesión mendicante. A lo le jos resonaban las mentiras de los políticos que se pudrían en el horizonte de su futuro. El horror avanzaba.

Ilia Galán. león

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