Diario de León
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MARIO AMILIVIA GONZÁLEZ. PRESIDENTE DEL CONSEJO CONSULTIVO DE CASTILLA Y LEÓN
León

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En Bayona, la vergonzosa renuncia de sus derechos como Rey de Fernando VII en su padre Carlos IV y de éste en Napoleón, es decir, la dimisión formal aunque obligada de nuestra Monarquía, forzó al entonces «pueblo más monárquico y menos revolucionario del mundo» a descubrir el principio de la soberanía nacional. Es el pueblo español, abandonado y huérfano por la «España oficial», el que defiende sus derechos, su independencia contra el invasor francés y a su Rey, Fernando VII, su soberano, que lo es porque así lo quiere el pueblo español.

En este contexto, se convocan las Cortes de Cádiz, formadas por los diputados de las Españas, de sus dominios europeos y de Ultramar, es decir, a ambos lados de los hemisferios. «En la América septentrional: Nueva España con la Nueva-Galicia y península de Yucatán, Guatemala, provincias internas de Oriente, provincias internas de Occidente, isla de Cuba con las dos Floridas, la parte española de la isla de Santo Domingo y la isla de Puerto Rico con las demás adyacentes a éstas y al continente e uno y otro mar. En la América meridional, la Nueva Granada, Venezuela, el Perú, Chile, provincias del Río de la Plata, y todas las islas adyacentes en el mar Pacífico y en el Atlántico. En el Asia, las islas Filipinas». Y de aquí -hay que ver lo que son las cosas- en pocos años pasamos al cantonalismo y al «Viva Cartagena».

No son éstas ya unas Cortes estamentales, constituidas por la alta nobleza, el clero y la participación del pueblo, del estado llano. Como consecuencia obligada surge la declaración de soberanía: «Los diputados que componen este Congreso, y que representan a la Nación española, se declaran legítimamente constituidos en Cortes generales, y que reside en ellas la soberanía nacional».

Hoy nadie discute que históricamente las primeras Cortes modernas de la historia se celebraron en León, en San Isidoro, al convocarse por el Rey Alfonso IX, en aquella Curia Regia, junto a nobles y el clero, a los representantes del pueblo, los «homes buenos». Hoy tampoco se discute que en las Cortes de Cádiz de 1812 se reivindicó por vez primera en nuestra historia constitucional el principio de la soberanía nacional. Y no son pocos los historiadores que han justificado en aquellas viejas Cortes el origen del fin del absolutismo. En todo caso, en ambas el pueblo tiene un papel especial e histórico. Este año San Isidoro ha sido objeto de reconocimientos en conmemoración de aquellas Cortes, recibiendo el 25 de febrero la Medalla de Oro de las Cortes de Castilla y León, y presidiendo el 4 de mayo SS.MM. los Reyes la celebración del 1.100 aniversario del Reino de León. Simultáneamente, han comenzado las conmemoraciones del bicentenario de las Cortes de Cádiz, que alumbraron la Constitución de 1812, con la que surgió la idea moderna de nación española. Sería una pena que no se intentara de alguna manera vincular ambos acontecimientos y se dejara pasar un momento histórico para reivindicar nuestro pasado más brillante.

En todo caso, cualquier ocasión es buena para reivindicar las Cortes de Cádiz, tan llenas de buenas intenciones, luego frustradas, que se atrevieron a establecer como una de las obligaciones de los españoles «El amor de la patria… y asimismo el ser justos y benéficos»… Y eso que España aún no había ganado el Mundial de Fútbol.

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