Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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T oma del frasco. En su visita a León, el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, se despidió de unos alumnos de 4º de la E so con un revolucionario «Salud y Fraternidad». A mí, a la edad de esos chavales, se me despide con tal expresión un adulto y abandono los estudios para siempre, me tiro al monte. Un simple adiós debió de parecerle demasiado laico, pese a ser una de las palabras más bellas de la Historia Universal de las Despedidas. No es que la fórmula empleada sea fea, en absoluto, pero me parece un poco forzadina, además de más larga, y eso que fue ideada en los tiempos de la guillotina, cuando todo el mundo tenía prisa por huir o por impedir que huyeses. Lo mismo, cuando alguien estornuda el señor ministro en vez de un escueto «Jesús» exclama: «¡Salvad a las ballenas!» o «¿Quién me pone la pierna encima?». Su intención era buena, eso sí. Conste que en mis años mozos saludaba al personal femenino con un farruco «Hello y good-bye que viene Barry White», pero es que los bajitos teníamos que ligar por simpáticos y bogartianos.

Comparto la idea de Gabilondo sobre la urgencia de alcanzar un pacto en Educación, que esté más allá de los vaivenes electorales, pues como sigamos así vamos a retroceder siglos, y no precisamente al llamado de Oro, sino a las mismísimas amebas. Hay que hacer algo, entre todos, lo importante es el qué. En España, los partidos pueden pactar que dos y dos son cuatro, sin grandes discrepancias; ahora bien, si ya se trata de ponerse de acuerdo acerca de si tres y dos son cinco-¦ entonces, eso ya, no se consensúa sin un reparto de cargos y prebendas. Necesitamos una nueva Generación del 98, pero sin desastre de Annual, porque con Belén Esteban como princesa del pueblo vamos mal, y como los ortega, unamunos y demás destellos de luminosa inteligencia no se venden en las tiendas de ultramarinos, hay que intentar que surjan de nuestras aulas, aunque luego amplíen fuera su visión del mundo, ya que no sólo debemos pensar de nuevo qué es España y q ué deseamos que sea, sino además qué es la condición humana, la gran asignatura troncal. En fin, señor ministro, no le diré, como dicen los castizos, «¡Hasta luego, Lucas!». Dejémoslo en un clásico adiós. Nunca falla.

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