TRIBUNA
El miedo al dragón
La manifestación d el día 13 de noviembre, en Madrid, en contra de la actitud totalita ria y despreciable de Marruecos con respecto al pueblo saharaui dejó en el ambiente un poso apiñado de dos sensaciones contrapuestas: el éxito de la masiva participación, y la tristeza porque nada será posible si quienes deben intervenir (léase el Gobierno, la ONU y otros organismos internacionales) se arrogan el derecho del silencio, las disculpas, los comunicados de madera, la mirada oblicua y, cuando no, la indiferencia. Había entre tantos participantes un aire curiosamente festivo en medio de la desolación, un aroma de reencuentro dichoso para superar la tristeza, naturalmente reivindicativo por encima de cualquier otra propuesta, aunque superponiéndose a todos nadaba el fantasma de la desesperanza, como si se escapara entre decenas de miles de manos unidas la penúltima (¿o la última?) oportunidad. El eslogan principal reunía cuatro palabras esenciales, aclaratorias en grado sumo: «Marruecos culpable. España responsable» .
Pocas veces cuatro palabras han sido empleadas en un acto reivindicativo con tanta exactitud: culpabilidad y responsabilidad. La culpabilidad de Marruecos es innegable, y no solo con la ocupación arbitraria del Sáhara Occidental, sino con la represión a lo largo de treinta y cinco años, la construcción de un vergonzoso muro de más de dos mil kilómetros y el trato vejatorio que aplica día tras día entre la población saharaui que aún malvive con temor en los territorios ocupados. La responsabilidad de España es indiscutible, puesto que su huida precipitada en 1975, con demasiados tintes de cobardía política y bochorno militar, señaló para siempre con sangre y dolor el triste destino de ««los españoles del desierto»», abocándolos a la pérdida de su identidad, obligándolos a hacinarse en los campamentos de la hamada argelina y ofrecerles una providencia, al menos, baldía.
Treinta y cinco años de exilio son demasiados, y la paciencia del pueblo saharaui tiene un límite, y cuando todo parece definitivamente perdido surge el fantasma de las armas. Pero Marruecos, ese dragón que tanto miedo mete con su lengua de fuego a algunas naciones, de las que por desagracia no se libra España, sabe que si la confrontación militar surgiera de nuevo, no solamente se apropiarían de otra posición de fuerza ante la comunidad internacional, sino que también encontraría el modo perfecto de acabar ««legítimamente»» con el Polisario. Mientras tanto, asistimos con rabia ante la pasividad de nuestro Gobierno, más preocupado de no soliviantar al dragón y su lengua de fuego, que ponerse del lado de los débiles, los mismos que treinta y cinco años atrás eran españoles de pleno derecho. Fue patética, además de moralmente inaceptable, el desmantelamiento a la fuerza de las modestísimas jaimas cerca del El Aaiún, bajo cuyas telas recosidas se parape taban niños, mujeres y ancianos. Debió resultar muy difícil a las fuerzas de represión marroquíes rendir a una muchedumbre que tenía sed. El campamento de Gdeim Izik, convertido en un amasijo de telas quemadas y cuerpos violentados, marcará un antes y un después en el conflicto que sólo tiene hasta este momento un único perdedor: el pueblo saharaui. Y como la superioridad de Marruecos parece contar con la connivencia internacional, en un hecho con pocos precedentes ha establecido un control riguroso sobre los comunicados periodísticos, cerrando el libre discurrir de los extranjeros, planeando así que detrás del silencio informativo es más factible la barbarie.
¿Es posible que el miedo al dragón, a la hipotética mordedura de su lengua de fuego, pueda cercenar los derechos más elementales? ¿Se ha llegado a implementar el criterio internacional de no molestar a la fiera, no siendo que su furor sea incontenible? Si esta actitud continúa, y todo parece indicar que seguirá así, la Historia se cobrará su parte del botín, y será un fardelillo con monedas de barro tan quebradizo como está siendo la miserable tragedia del pueblo saharaui. Y cuando la esperanza ya es únicamente una úlcera en la memoria, pueden surgir las reacciones más inesperadas, las propuestas más inconcebibles, y una podría ser el hecho de contemplar cómo decenas de kamikazes saharahuis se inmolarían en el muro del desierto, mientras otros se entregan a intifadas, convencidos de que su muerte y martirio haría despertar la venganza del desierto, y con su arena cegar de una vez y para siempre la boca del dragón.
Cuesta, bien es cierto, creer en la acción benefactora y de arbitrio concedida a la ONU, puesto que su pereza para tomar las riendas es proverbial en aquellos sucesos que lo que demandan es prontitud. Pero más doloroso es admitir que nuestro Gobierno, a día de hoy, permanezca prácticamente mudo y tocando castañuelas a las algaradas de Mohamed VI, como si de esta manera practicara un amiguismo de tercera división. Ya basta de declaraciones livianas, sometidas a las necesidades diplomáticas. Ya basta de proponer la fraternidad de las fronteras en aras de acuerdos blandos. Es una realidad lo que ahora nos toca: a nadie le extrañaría que el pueblo saharahui, ya harto de humillaciones y escasas promesas, nos escupiera en la cara. Sería un esputo más de decepción que de rencor. Una flema con mucho pus resistente a los antibióticos. Y hay escupitajos que no se borran ni con lejía. Y lo que es peor: que no se desvanecen nunca.