Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Escenario: mi despacho, hace algo más de un año. Puse jazz. Como los detectives en las películas me pregunté cuál sería mi nuevo encargo. Y en esto, no apareció una mujer fatal por la puerta, pero sonó el teléfono. También como en el cine negro, era una voz del pasado. «Eduardín, hay que hacer un libro a Chencho». Sólo hay dos personas a quienes permito llamarme así, sin retarlas a duelo, y las dos están relacionadas con mis comienzos en este periódico; afortunadamente para él, era una de ellas: Ángel Santiago Ramos. La amistad es uno de los precipicios a los que aún merece la pena asomarse. «¿Cuándo comenzamos?», le espeté. Nos pusimos a ello.

«Balcones del pueblo. Antología 1973-2008» será presentado el próximo día 10, en el Hostal San Marcos, por Segundo Martínez, Alberto Muñiz Sánchez (tío Alberto), Ramos actuando de maestro de ceremonias y quien esto escribe. Hemos buceado en Proa, La Crónica de León y Diario de León para demostrar que su magistral prosa periodística ha sobrevivido a los hechos que abordaba. Por cierto, disculpen que les hable de un proyecto propio. No se trata de autobombo, sino de justicia poética; necesitaba proclamarlo aquí.

De un manotazo, la muerte le impidió abrir los cuarterones. En este periódico comenzó en 1987, con un balcón titulado «¡Hola!». En el último, en el 2008, la musa le inspiró un gran arranque: «Es Domingo de Resurrección. Y nieva. Dos júbilos». Mucho aportó a la profesión. Y a esta casa; por ejemplo, lectores fieles, sin los que ningún medio sobrevive. Y eso sólo se consigue con voz propia, el logro más difícil. Puedes ofrecer mucha información y plasmarla con sobrio estilo, además de con vistosa fotografía, pero si careces del toque de la singularidad, entonces, tu columna no logrará elevarse a Partenón, como sí ocurría en las suyas. Lo recuerdo entrando en la redacción de Lucas de Tuy, dando un buenas tardes; algunos le contestábamos, otros fingían no haberlo oído. Este oficio nunca ha sido fácil. No importa, en la vida hay que perdonar y perdonarse, pues lo esencial, como se decía en la canción de Casablanca «es lo que permanece según pasa el tiempo». Como las columnas de Chencho. Como las voces y los ecos de los viejos amigos.

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