Réquiem por las Cámaras
L as Cámaras de Comercio están amenazadas, y muy gravemente, de cumplirse el anuncio del presidente, la eliminación de la obligatoriedad del impuesto revolucionario cameral a las empresas, lo que supondría un torpedo en su línea de flotación, vamos su desaparición irremediable. Total, que aunque sean empresarios y suelan hablar de libertad, del mercado, de la competencia, de la lucha por el cliente, de su satisfacción, de en general, la excelencia, más bien son conceptos que pregonan con el ejemplo ajeno, como pensando en los otros. Y eso no vale, eso retrata a gran parte del empresariado y denigra al resto.
Porque vamos a ver, analizando el paquete de medidas, y en concreto ésta de la que se lamentaban cual orondas plañideras en un velatorio ajeno, con acompasados movimientos, misma cadencia hipante y sofocados sollozos cual corifeo en tragedia griega próxima a la catástrofe final, supone la eliminación de la obligatoriedad del pago de la cuota cameral, lo que quiere decir que no se suprime la cuota, que existe, pero pasando a ser voluntaria. ¿Y eso, qué quiere decir? Pues que la Cámara entra en el mercado, y como sus representantes saben lo que se cuece porque suelen vender y comprar sus productos y servicios en ese marco, prefieren no hacerlo, es muy duro, demasiado para una institución apoltronada y satisfecha.
El mercado, precisamente les va a desenfocar su objetivo, los que han de estar satisfechos son los clientes, es decir las empresas, no ellos, ni sus trabajadores. Y claro, bien saben que esto es difícil, que requiere de un esfuerzo y un trabajo continuo, diario, no el puntual de unas elecciones más o menos democráticas, que nunca lo son. Hay que ir a las empresas, hay que fidelizarlas para que paguen por esos servicios ahora voluntariamente, y hay que adaptarse. Hablar de que estas instituciones son decimonónicas, o casi, y levantar la barbilla al mismo tiempo es todo uno en sus representantes; cuando realmente es más bien una rémora que les impide ajustarse a las demandas del empresario, que desde luego son distintas a las del siglo pasado.
Hay que cambiar, hay que buscar el queso, porque ahora no lo tienen. Lógicamente la vida es más fácil si todo te lo dan hecho, uno se levanta, se ducha, desayuna, va a su despacho, despacha, una reunión con el político de turno, vuelve a despachar y marcha. Día completo, casi un día «comanchi» que decíamos con los juguetes los de mi edad. Si a cualquiera de ellos, sus representantes, les preguntásemos por el elefante blanco en su empresa, por el origen, por el alfa y el omega, por su razón de ser, nos dirían casi con toda probabilidad, que es el cliente, y por ende la misión es buscar su satisfacción. Todo se supedita a esa figura: el precio, la calidad, las características, la venta, la producción, el envío, la forma de pago, todo y todo se suele llamar calidad o excelencia, no en vano el libro de management o dirección en castellano más vendido ha sido En Busca de la Excelencia de Tom Peters, no el del principio, aunque tan clarividente como éste.
Tanta preocupación, tanto miedo a desaparecer demuestra implícitamente (más bien explícitamente a tenor de algunos síntomas que se pueden apreciar como el sudor frío que les recorre la frente o las comparecencias multitudinarias y otros muchos más) que a pesar de lo que dicen, pregonan y detallan en sus memorias anuales; lo que hacen no lo demanda el empresario o también podría ser que lo que sí necesita, en cambio no se hace.
El miedo, que siempre aparece ante situaciones cambiantes, no tienen por qué ser peligrosas para el individuo, hace acto de presencia, conscientes, de la amenaza que supone depender financieramente del grado de satisfacción del empresario, siendo muy posible que se produzca una sangría que suponga el cierre de muchas de ellas, sino de todas. En concreto, y ciñéndonos a la que tenemos más cerca, la de León, las cuotas suponen unos ingresos de 1,1 millones de euros de los 1,2 millones que tienen de presupuesto anual. Sus propios dirigentes han dicho que, de llevarse a la práctica esta decisión, tendrán que echar el cierre. Y surge otra pregunta: ¿Y qué más da? Ellos mismos tendrían que entenderlo así, si no eres competitivo, fuera, hay otros mejores, más preparados que sí responden a lo que se les demanda por lo que pago un precio, léase también cuota. Y si eso lo practican diariamente en sus empresas, además es la base en cualquier razonamiento del sistema de mercado, quiere esto decir que teniendo la oportunidad, ¿abjuras de tus principios e impones un sistema opuesto, donde uno, el presidente y su junta directiva, ordena lo que hay que hacer y los otros, los empresarios en este caso, lo hacen? Eso para mí en economía, se llama monopolio y si me apuras el más claro ejemplo de lo que es una economía planificada que desprecio.
Finalmente he de apuntar que, a pesar de todo, las cámaras tienen una misión fundamental, la de estar con el empresario, y si en otros países funcionan, también pueden hacerlo en el nuestro, desde luego, pero no de bóbilis. Los productos y servicios tienen un valor únicamente cuando alguien paga su precio por ellos, lo cual por un lado supone que para el comprador existe una utilidad superior al desembolso y por el lado del que vende, implica que su producto es valorado y que satisface una necesidad, la del que compra. Si no se pagase un precio, libremente, ninguno de los supuestos anteriores sería cierto, o al menos no siempre, y llevaría a situaciones ineficientes y monopolísticas.
Nunca podremos asegurar que somos muy buenos si no entramos en competencia con otros, por lo que difícilmente se podrá mantener que los servicios que ofrecen las Cámaras de Comercio e Industria son excelentes cuando no se le da a su cliente la posibilidad y el derecho de elegir libremente si lo son o no y yo, mucho me temo, como los representantes camerales que van a decir que ciao, arrivederci, nos vemos. Por cierto, no siempre hace falta competir, po r ejemplo en el mus, sin necesidad de jugar una partida puedo decirte con entera confianza que eres bastante peor que yo.