AL TRASLUZ
Más roce
N o, no es que Joaquín Otero se haya pasado al enemigo, como asegura Javier Chamorro; simplemente, el enemigo nunca fue tal y ha sucedido que el roce hace el cariño; hasta el Séptimo de Caballería, de habérsele dejado la cabellera en su sitio, hubiera terminado cogiéndoselo a los siux, y viceversa, claro. ¿David y Goliat eran tan incompatibles? Se asombra Chamorro de que Otero hable ahora bien de la Junta de Castilla y León. Sólo puede deberse a un «cambio de principios», dice. Si te destinan de comercial al Polo Norte, y tras un tiempo admites que las esquimales no eran tan frías como pensabas, ¿significa que vendiste el alma al diablo? No, simplemente, el roce hace el cariño. Viajar, incluso a pocos kilómetros de casa, enriquece tu visión del mundo. Su labor de diputado en las Cortes Regionales le llevó a relacionarse con quienes antes demonizaba sin conocerlos. Acaba de definir al presidente Herrera de «extraordinaria persona». ¿Padece el síndrome de Estocolmo? No, lo preocupante sería que alguien continuara en sus trece tras comprender que la cifra acertada era catorce.
Otro cantar me parece el mercadeo ideológico. Parafraseando a Machín: «¿cómo se puede querer a dos partidos a la vez y no estar loco?». En política, la evolución no consiste en ir de rama en rama; no puedes acostarte mono y levantarte ingeniero de caminos, aunque lo ordene Darwin. Pero quien se jacta de no haber cambiado, de permanecer en el punto de partida, está muerto o es estatua. Evolucionar conlleva matizar y matizarse.
El lastre del leonesismo radica abusar de la perorata del enemigo inexistente, en vez de apostar por una forma de ser y hacer propia, distinta de la de los partidos nacionales. Cuando no caen en el quejío por el quejío, enriquecen el debate político. La evolución de Chamorro, de ser él quien hubiera ido al Palacio de Fuensaldaña, no habría sido muy distinta. Le habrían cogido afecto y los habría cogido. Esto siempre fue así, es y será, salvo para quienes todo lo conciben como destrucción del rival, que también los hay. Cuand o me preguntan cómo es en persona el delegado territorial, Eduardo Fernández, digo: «orondo, pero no come carne humana». ¡Aún!, me soltó un cachondo del León solo, ¡aún..!