Diario de León
Publicado por
Miiguel Paz Cabanas
León

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León es una tierra que ha generado a lo largo de su historia maestros y pedagogos de prestigio, como otras adquieren reputación por sus toreros o pilotos de fórmula uno. Baste recordar a Don Gumersindo Azcárate, impulsor de la Institución de Libre Enseñanza, que encontró eco en las inquietudes de la familia Sierra-Pambley, embarcada en promover una educación laica entre las capas más pobres de la sociedad leonesa. A lo mejor de aquellos empeños, y de una vocación por la enseñanza protagonizada por muchas mujeres (hay que ver esas fotos donde, a lomos de una mula, accedían entre collados nevados a pueblos remotísimos), vienen ahora esos resultados virtuosos que refleja el informe PISA, y que colocan a nuestros alumnos muy por encima de los pupilos de regiones donde, a lo que parece, se premia más la efervescencia de la molicie que la higiene del esfuerzo. Incluso los políticos, por una vez, no se han limitado al autobombo y han reconocido que el mérito corresponde esencialmente a los maestros que, a pesar de los padres, los inspectores y una sociedad garantista, logran desasnar a legiones de críos alelados con la playstation. Lo que no deja de ser pasmoso, amén de necio, es que el modo de gratificar el trabajo de estos profesionales sea bajarles su retribución, al margen de que en su actividad demuestren ser unos zoquetes o unos trabajadores ejemplares. Se me dirá que esa medida bárbara también se ha aplicado a otros colectivos, pero semejante argumento (como si gasear a muchos judíos en lugar de a media docena, justificase la maldad) no tiene ni pies ni cabeza. El pretexto de la crisis es todavía peor, pues es precisamente en épocas así cuando la educación debe salir reforzada. Que los maestros paguen su dedicación con la merma de sus salarios es un signo de los tiempos que corren y que los cronistas del futuro verán con ojos de asombro. En la práctica, un país que trata así a sus maestros (y a otros funcionarios) está abocado a la taxidermia, la parálisis y la degradación. En otras palabras, al rigor mortis. Va a ser que al final la escuela sobra y lo que vale es el pícaro de siempre, convertido ahora en inversor sin escrúpulos…o en prestigioso analfabeto en una cadena de televisión.

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