EN BLANCO
Onda chachi
Es cuestión de gustos y preferencias. Mientras unos veneran a la Virgen Guadalupona, otros adoramos a los Reyes Magos, esos hombres rectos y dadivosos que practican, desde hace siglos, una saludable integración racial. Entre sus muchos méritos, figura el poner punto y final al rosario de fiestas y saraos tipificado por los especialistas médicos como «síndrome del arbolito de Navidad». Una suerte de frenesí colectivo con tendencia al vodevil escénico, cuya traca final consiste en el reparto de regalos entre los más pequeños de cada casa. El cariño es un arma muy poderosa, como bien sabe esa generación de niños estupendos y a la última que establecen un tiránico despotismo infantil en cuanto a los presentes solicitados a Sus Majestades de Oriente. Porque-¦ ¿qué fue de aquellas peticiones del pasado, consistentes en los habituales balones de reglamento para los niños y las muñecas chochonas con sus cocinitas que elegían las damitas?
Ahora no; la chiquillería leonesa pertenece a la onda chachi del siglo XXI que elige unos obsequios pensados para entrar por la puerta grande del futuro. Un surtido de artilugios futuristas que para mí resultan tan incomprensibles como un curso de cerrajería por correspondencia. Prefiero las dádivas solicitadas por Angelina y Daniela, las mellizas de mi amiga María, unas niñas de aspecto dulce y angelical que, llegada esta fecha, sacan a relucir un punto gamberro que te lleva a pensar si su biberón no estuvo alimentado de tequila con pólvora. Porque si una pide la ametralladora, la otra exige que las balas sean de verdad. ¡Angelitos! En cuanto a mí, los Reyes Magos me han dejado unas pastillas de la atleta Marta Domínguez. Perdonen que les deje, porque tengo unas ganas locas de echar a correr.