La opinión del lector
Moisés Liébana,
en el aire
M oisés Liébana se yergue en mi recuerdo de la forma en que el Teleno impone su grandioso volumen sobre el caserío y los campos de Corporales. Este es el pueblo donde el gran gaitero nació, vivió siempre y ahora acaba de morir. Tampoco ahora que lloramos la pérdida de un hombre ha ocurrido en realidad nada que pudiera perturbar la majestad del Teleno, pero, si estuviera a nuestro alcance sondar el misterioso seno, quién sabe si no percibiríamos su gemido por la muerte de una más de las criaturas acogidas a su regazo tutelar. Los primeros pobladores de que hay noticia clara y cierta le rindieron culto sacro. Aquellos hombres fueron un día arrasados por el ejército romano y la «corona» donde vivían quedó sepultada bajo la tierra que el olvido fue acumulando encima y que al final sirvió para acoger las siembras sucesivas del centeno.
Sánchez Palencia excavó hace tiempo esta «corona». Afloraron restos y huellas de vida doméstica y guerrera (cimientos, lar, barro cocido, restos de armas), pero además el arqueólogo descubrió en el suelo de una vivienda diminuta un hueco rectangular bien conservado y cubierto con una losa. Dentro había unos huesos de cabra (quizá oveja, corzo incluso). Lo llamó «escondrijo votivo»: consagración de la vivienda al dios tutelar, cuyo nombre sin duda era Teleno. Muchos años después, los nuevos pobladores llegados a estas tierras erigieron una iglesia, dedicada a otro dios más a su medida humana.
Incontables generaciones se han sucedido en este espacio cabreirés, pero Moisés Liébana ocupa un puesto singularmente destacado en la cadena vital, como garante de la tradición con la firma de su gaita de odre. Porque la música fue su afición desde niño y así lo imaginamos, tocando en una precaria caña de «sabugueiro» los ensayos de melodías que flotaban al aire de los valles remotos, perseguían el rumor de los arroyos peregrinos o escalaban peldaños de luz primigenia por los flancos del Teleno. Ya en su madurez fue el alma de la Danza del rey Nabucodonosor, rótulo mayor en la cultura tradicional cabreiresa. Doña Concha la estudió y publicó y ayudó mucho a su difusión, siempre encabezada por Moisés. Esta danza sencilla y armoniosa, que es seguramente la muestra viva más importante de esa cultura, ha pervivido gracias al saber y al entusiasmo de nuestro gaitero.
Ya que no otra cosa, imaginemos siquiera la acción simbólica: esa gaita enterrada también, pero ya no en el suelo de su vivienda, sino en el aire donde fluyó su voz, sostenida por aquel que le prestó su infatigable aliento: Moisés Liébana, salvado en nuestra memoria del vendaval oscuro del olvido.
Manuel Garrido. LEÓN