Diario de León
Publicado por
VICENTE PUEYO
León

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Coincido con lo que decía en La Vanguardia Gregorio Morán: «Sobrevivir con honestidad y coherencia en este oficio, con la que está cayendo, tiene algo de prodigioso». Este oficio es el periodismo y hay gentes que, por fortuna, no han abdicado ni de lo primero ni de lo segundo. Son el espejo, la última esperanza, y Gervasio Sánchez, fotoperiodista nada menos, es uno de ellos. Es difícil seguir la línea de la fría objetividad cuando existen sutiles elementos afectivos -la esposa de Gervasio nació donde yo nací y él es un cordobés que ha pasado con cabal aprovechamiento la criba tozuda de Aragón- que me acercan al personaje con un especial cariño. Pero, esto al margen, nadie puede negar que Gervasio lleva muchos años predicando con el ejemplo.

La exposición que se inaugura el sábado en el Musac y que, simultáneamente, se expondrá en Madrid y en Barcelona, es un aldabonazo en el corazón de cualquier persona sensible. «Desaparecidos» nos pone al borde del precipicio de las contradicciones humanas y nos obliga a reflexionar y, sobre todo, a tomar partido. Este sobrecogedor friso del desamparo y del olvido va más allá, mucho más allá, de los conflictos políticos e ideológicos. Lo que hace es subrayar el tamaño del drama humano que hay detrás de quienes han visto violada su dignidad y destrozada su vida y la de los suyos por la infame cobardía de quienes les han condenado al peor martirio; ese que se resume en una pregunta obsesiva: «¿Dónde está?».

Una pregunta que recorre los puntos más dispares del planeta, -Chile, Guatemala, El Salvador, Camboya, Irak, Bosnia...-, donde un mal día se hizo fuerte la vergüenza y el oprobio. Una pregunta que también se sigue haciendo aquí mismo donde, como bien apunta Gervasio, «seguimos utilizando el drama de otros como arma arrojadiza» mientras se nos llena la boca con una -˜memoria histórica-™... instrumentalizada, contaminada. Bien traído está en esta exposición el epílogo referido al drama de los desaparecidos en nuestra guerra y durante la atroz represión que siguió a la contienda. Entre las grandes ocasiones perdidas para cerrar lealmente nuestra Transición está la incapacidad para gestar una ley que, de verdad, hubiera sido reconciliadora y hubiera servido de bálsamo a cuantos, después de tanto tiempo, no buscaban otra cosa que situar en la foto de su vida a quien un día se desvaneció. No se pierdan esta exposición cruda y valiente.

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