EL AULLIDO
Leonés compulsivo
José María Merino viste con traje y corbata pero lleva a un hippie dentro. Lee libros con los ojos abiertos y nos hace saber que eso es infrecuente. Duerme de forma discontinua y sueña continuamente. Es -he ahí uno de sus grandes méritos- alguien que no ha fracasado en el arte de dejarse crecer la barba, y acaso por eso Ángeles Mastretta, escritora de novelas de amores torrenciales, le ha tirado los tejos en público (de todas formas sabe que su principal título nobiliario no es el de académico de la lengua o hijo adoptivo de León, sino ser esposo de Maricarmen Norverto). Tiene un algo felino en la mirada, bebe whisky dorado como luz embotellada y vino Prieto Picudo, y sus ojos minuciosos dibujan lo que observan.
José María Merino nació en La Coruña y eso -no hay que fiarse del chofer decía Al Capone- fue un accidente de tráfico pues él, quien le ha leído lo sabe, es un leonés compulsivo. Inventa teorías y disecciona paisajes. Tiene una letra gruesa, caligrafía engorrosa y contundente, que no le califica para ser mujer y espía. En lo referente a la cenagosa realidad vive como un adepto y escribe como un fronterizo agente doble. De hecho para divertirnos habla en serio sobre hombres lobo, manos trasplantadas con vida propia, coches con el capó levantado que comen gente y desasosegantes cosas parecidas, y, aunque así nos hace saber que la imaginación disciplinada es una dimensión menos obvia de la alegría, ni los psicólogos antidisturbios mentales saben muy bien como ha conseguido este tipo que tales enloquecidas tramas no le distorsionen la madurez.
Sí, José María Merino, noctámbulo al que el sueño le abre los ojos, aunque rezuma solvente seriedad, tiene algo de niño de provincias: por eso de vez en cuando escribe juguetonas novelas juveniles como quien se desanuda la corbata y la usa como veleta... Cada vez hacen más falta, además de novelas ejemplares, escritores ejemplares. Por eso aunque triunfa actualmente, gracias acaso a mediáticos y pervertidos modelos tipo José Mouriho, lo de identificar éxito con arrogancia -y de eso no es ajeno el mundo de la cultura en el que no faltan los creadores tan engolados que se diría que llevan a Dios como telonero- Merino, cuyo talante está protagonizado por la generosidad, es alguien muy querido por los escritores jóvenes debido a su estímulo constante y su magisterio, lo cual dice más aún sobre su forma de ser que sobre su literatura. Enseña a volar. Además de para nosotros escribe sobre nosotros y eso, ahora que la crisis económica nos invita a los leoneses a aferrarnos al agua de nuestro naufragio, equivale a darnos orgullo, y luz, y fuerzas, y ánimo y un poco de esa dignidad sin la que el vivir no está completo. Sí, esta semana hemos sabido que el leonés del año 2011 es José María Merino. Por eso le he pintado este retrato.