Diario de León
Publicado por
JOSÉ LUIS GAVILANES. ESCRITOR
León

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He debido de cometer bastantes erratas, porque este año los Magos de Oriente me han traído el último manual de la Ortografía de la lengua española editado por la RAE. Obsequio muy valioso para todo aquel que tiene el vicio de escribir y procurar hacerlo correctamente. Al aplauso fervoroso a los autores sumo cierta decepción por seguir perpetuando un verdadero galimatías en la ortografía española.

Ésta se asienta, fundamentalmente, en dos principios generales: la pronunciación y la etimología; además del diccionario, como socorrido recurso cuando las numerosas dudas no las despejan ninguno de ambos principios. Los afanes de nuestros gramáticos porque llegue a escribirse la lengua española tal como se habla, y las tiránicas leyes de uso, incontrastables las más de las veces, son causa de que unos vocablos se escriban conforme a la etimología, otros conforme a la fonética y otros conforme a caprichosas y peregrinas causas. Desde hace años se vienen propugnando, con mayor o menor acierto, reformas ortográficas. Los fonetistas han alegado siempre como principal argumento que, siendo la escritura el signo de la palabra hablada, será tanto o más perfecta cuanto más y mejor se ajuste, tal cual defendía Elio Antonio de Nebrija, el autor de nuestra primera gramática. Por su lado, los defensores de la ortografía etimológica alegan que la etimología quedaría destruida con la escritura fonética, con lo cual se imposibilitaría reconocer no sólo la derivación de las palabras de una lengua, sino el parentesco de las otras lenguas más o menos afines. Y como ha de darse satisfacción tanto a la fonética como a la etimología, de ahí la complejidad de nuestra ortografía.

Si es cierto que la ortografía conserva el carácter genealógico o de familia de las palabras, una prueba de que no debe exagerarse el valor de este argumento nos la da el italiano, que un día decidió suprimir las haches, sin que nadie pueda considerar de filiación distinta, por ejemplo, el italiano idraulico del español hidráulico. Habiendo dejado de sonar la aspiración, incluso en el mismo griego moderno de donde deriva, es una verdadera tortura intelectual obligar a escribir con hache palabras como halógeno, hexágono, homólogo, hagiógrafo... y otras tales que el que no sepa griego no las escribirá correctamente si no se le advierte. Y siguiendo con la grafía mudita, ¿por qué está presente en adherencia y no en alacena, que debería llevarla etimológicamente? Antiguamente se escribía harpa, harmonía, harriero y otras voces, y recordemos que un crítico tan culto como Leopoldo Alas, «Clarín», se burlaba del capricho de querer resucitar las haches. Pero, para ser justos, por el contrario Enrique Jardiel Poncela postulaba que todo lo importante se escribía con hache: humorismo, hostia, Himalaya, Homero, hecatombe, hembra, y no digamos himen. Pero amor, sin hache, por lo del título de su novela Amor se escribe sin hache (1929). Con la supresión de las haches no solo no temblarían las esferas (como no temblaron cuando se pasó a arpa, armonía, arriero, etc.), sino que en muchos casos se atendería mejor a la etimología, sin que se produjeran contrastes tan violentos, por no decir ridículos, como: hueso, osario y osamenta; huevo y ovario; huérfano y orfandad; hueco y oquedad, Huesca y oscense, como la propia nueva edición de la ortografía reconoce (pp. 144 y 145). Otra de las reformas que se imponen es la de reservar el signo gráfico de la «J» para el sonido fuerte uvular y el de la «G» para el sonido suave velar. La coincidencia de estas dos letras en la representación del fonema uvular ante las vocales «E», «I» es fuente de numerosas vacilaciones y dudas ortográficas que solo pueden resolverse, en última instancia, con la consulta del diccionario, como la propia Ortografía reconoce (p.102). Sabido es que nuestro Nobel Juan Ramón Jiménez aplicó su peculiar solución a este problema escribiendo virjen, imajen, jirar, etc., esto es, siempre grafema «J» en el sonido uvular ante «E», «I».

Si nos centramos ahora en los grafemas «B» y «V» que no tienen ninguna diferencia en la pronunciación bilabial, a no ser la que realizan los pedantuelos ultracorrectos que inventan la distinción bilabial y labiodental respectivamente, su distribución de uso responde casi siempre a criterios etimológicos. Sin embargo, ocurre que numerosas voces de origen latino, como: avellana, barbecho, barrer, basura, bermejo, móvil, etc., o procedentes de otras lenguas, están en desacuerdo con sus fuentes originales. De nuevo, solo la consulta al diccionario puede resolver los casos de duda, con la ayuda generosa de algunas notas orientadoras de la nueva edición.

Todo esto debería resolverse mediante el consenso de todas la academias de habla española. Con tal consenso, las audacias excesivas de los unos, en choque con las exageradas timideces de los otros, se podría llegar a soluciones aceptables para la generalidad, y destruir de una vez por todas el mito de una ortografía omnipotente e imperiosa. Que hoy se quiera ostentar de buena ortografía como un distintivo de superioridad, no pasa de ser una de tantas vanidades humanas. Recuerdo que haciendo el servicio militar en la Zona de Reclutamiento y Movilización de León, quien nos mandaba era un comandante que calificaba a los mecanógrafos de «taquicárdicos» y «bradicárdicos», según el número de pulsaciones por minuto que diesen a la Hispano Olivetti. Me acuerdo que un día le dije:

-Mi comandante, no sé que le pasa a la tecla «B» que no impresiona. Y el comandante me contestó a lo castrense: -¡Qué remilgoso es usted, Gavilanes, pues póngalo todo con «V»y que le den por el saco a la gramática! Si la buena ortografía pudiera dar un título de superioridad, al ver, por ejemplo, una falta en un cuento de «Clarín» o en una poesía de Juan Ramón Jiménez (a quienes se les pudieron escapar como al más pintado) ¿osaríamos rebajar la categoría literaria de uno u otro? ¡Qué sencillo sería suprimir las haches y unificar la «G» y la «J»!; ¡cómo disminuiría el número de analfabetos y, más aún el de semi-analfabetos!

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