Diario de León
Publicado por
JOSÉ IGNACIO WERT
León

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En medio de los parabienes por el acuerdo alcanzado entre el Gobierno y los interlocutores sociales en cuanto a las condiciones de salida del mercado de trabajo (jubilación) y la cobertura de la misma (pensiones), nos llega, con la gélida crudeza de las cifras, la última EPA del 2010 para recordarnos lo que está pasando en la otra punta de ese mercado, la de la entrada. Si la demografía tiene mucho que ver con el imprescindible rediseño de las condiciones en las que se sale del mercado de trabajo, no es menor su impacto en cuanto a cómo se entra en el mismo. La EPA del 4º trimestre del 2010 nos sitúa ante un paisaje desolador. De los 4,3 millones de jóvenes de 16 a 24 años que viven en España, el 44,9% son activos en términos de esa encuesta.

De ellos, el 42,1% está en paro. Si comparamos esa situación con la que teníamos 15 años atrás, en el primer trimestre de 1996, resulta que el número total de jóvenes, pese al aporte de la inmigración, se ha reducido nada menos que en una cuarta parte, un millón y medio menos de jóvenes en esos tramos de edad que en 1996, como consecuencia de la intensa contracción demográfica que tiene lugar a partir de 1975 (el número de nacimientos en España en 1996 es poco más de la mitad de los de 1975; ningún otro país europeo ha experimentado un proceso de contracción tan intenso en tan poco tiempo). Nos encontramos así con que, pese a que ahora hay 5,8 millones más de ocupados que hace 15 años (un 46% más), entre los menores de 25 años la cifra de ocupados es ahora inferior en más de 350.000 a la que había en 1996 (un 24% menos). Entonces, los menores de 25 años suponían el 11,7% del total de ocupados; hoy representan apenas el 6,1% de aquellos.

Hay por tanto que pensar en el empleo juvenil, con tanta o más intensidad que en la edad de jubilación. Porque, evidentemente, si, como sucede, la edad de entrada al mercado laboral es más alta y las discontinuidades son más frecuentes, los 38,5 años de cotización necesarios para obtener la pensión máxima los van a alcanzar los jóvenes de ahora no a los 67 años que se acaban de aprobar como referencia, sino pasados los 70. Pero lo más importante es el factor anímico. Una juventud sin horizontes laborales es una juventud desanimada. Una juventud desanimada es un país sin futuro.

Y, desgraciadamente, ya lo vamos viendo. Según una reciente encuesta realizada sobre los jóvenes de 25 países, los españoles son los cuartos más pesimistas sobre su futuro personal y, atención, los segundos más pesimistas sobre el futuro de su país. O nos ponemos a considerar seriamente el tema tanto desde el punto de vista de los poderes públicos (marco regulatorio), como desde la empresa (iniciativas innovadoras) como de los propios jóvenes (emprendimiento) o vamos muy mal. Urge cambiar el chip.

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