EL CORRO
La banca siempre gana
Enero ha terminado con una sensación agridulce para el gobierno Zapatero. Casi al mismo tiempo que sacaba adelante el pacto sobre las pensiones, la EPA del último trimestre elevaba el paro a un récord histórico. Puede que esa mi sma combinación le haya llevado al PP a compartir esa sensación agridulce, aunque cabe maliciarse que ello haya sido justamente los motivos inversos. Pero quien ha culminado una feliz cuesta de enero ha sido la banca privada. No por los resultados con que ha comenzado el año, sino por las dos históricas medidas incubadas la pasada semana: la citada reforma de las pensiones y la privatización de las cajas de ahorro. Después del plan de ajuste antidéficit de mayo, una gran doble vuelta de tuerca en un intento desesperado de complacer a los mercados. Las nuevas condiciones para acceder a las pensiones públicas, junto a la reducción de su cuantía, abocan a una gran mayoría de los trabajadores españoles a suscribir planes privados que complementen su futura jubilación. El recorte que conlleva lo pactado por el gobierno con los agentes sociales constituye un gran estímulo para contratar ese producto financiero. Una gran oportunidad de negocio, por tanto, para la banca privada.
El segundo gran regalo recibido por los banqueros ha sido la firme decisión de terminar con las cajas de ahorro, titulares aproximadamente del cincuenta por ciento de los recursos del mercado financiero español. La «bancarización» parcial de las entidades de ahorro estaba contemplada en la última reforma de la Ley de Cajas, que permitía la entrada de capital privado hasta un límite del cincuenta por ciento. Pero lo que era una opción voluntaria se convierte ahora en una imposición a través de las nuevas reglas de juego fijadas, que exigen una elevada capitalización en tiempo tasado bajo amenaza de una «nacionalización». Entre las cajas pilladas con el pie cambiado, está España-Duero, que tendrá que optar por aliarse con otras cajas para formar un banco ya constituido o por constituir o, en su defecto, resignarse a esa «nacionalización», que en realidad no es más que una intervención encubierta de carácter temporal para sanear y vender después al mejor postor.
Pese a los estragos causados por la crisis inmobiliaria y por la irresponsable gestión de sus politizados rectores, las Cajas, una vez redimensionadas, podrían ser perfectamente viables en manos de gestores eficientes. Pero eso ya ni se contempla. Con el pretexto de que lastran la credibilidad financiera exterior, han de ser privatizadas «sí o sí». Y el Gobierno las pone en almoneda para regocijo de la banca, que, desaparecida la competencia de las cajas, podrá actuar a sus anchas. Lo mismo que en los casinos, la banca siempre gana.