Diario de León
Publicado por
Lorenzo Silva
León

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Desde hace varios meses asistimos a un espectáculo político verdaderamente fascinante, a la par que aleccionador. No es otro que el desempeño como gobernante de aquel a quien sus propagandistas electorales dieron en etiquetar hace siete años con las baqueteadas siglas ZP. Si en origen estas condensaban un alarde triunfalista de improbable cumplimiento que contra todo pronóstico acabó siendo una realidad (Zapatero Presidente), y si a mitad del recorrido pasaron a convertirse por la malicia de sus enemigos en la representación propicia de un anagrama hiriente (Zeta Paro), en estos últimos tiempos vienen al pelo para designar una especie nada común de líder, la última reencarnación hasta la fecha de un mandatario singular e impredecible que no deja de sorprendernos: el -˜Zombie President-™.

Por los deslices verbales de sus propios correligionarios, por la contundencia feroz de las encuestas y por el peso irreversible de sus errores (como el de seguir alentando el optimismo cuando el Titanic ya le había arreado de modo perceptible al iceberg), Zapatero es un líder amortizado, que apura los meses que le quedan en virtud de la legitimidad que le dieron las urnas en el año 2008 sin perspectiva verosímil de mantenerse en el puesto más allá de la primavera del apocalíptico 2012. Como una especie de muerto viviente político, se asemeja a esos jugadores de mus que con la partida perdida empalman órdago tras órdago sin pestañear, sabiendo que su impasibilidad exaspera al adversario y disfrutando de cada baza hurtada al destino.

Pero, paradojas de la vida, en este presidente zombi aflora un sentido del Estado y un pulso a la hora de tomar decisiones difíciles que nos permiten recuperar su mejor versión, la de sus primeros días. ZP, recordémoslo, fue el dirigente visionario que se estrenó con dos aciertos incontestables: sacarnos de una guerra planteada sobre bases falsas de la que luego se salieron todos los que pudieron (lo que prueba su perspicacia) y legalizar a los inmigrantes arraigados para que sus empresarios cotizaran por ellos a la Seguridad Social en lugar de cargarlos a los servicios sociales (y qué bien nos está viniendo tener a los que sobreviven de esos neocotizantes para sostener el sistema).

No eran aquellas decisiones fáciles ni evidentes, como no lo son las de ahora: ya se trate de ajustar la regulación de las pensiones a las necesidades financieras del país a medio y largo plazo, ya de proteger un sector productivo estratégico como es la industria de contenidos culturales contra la demagogia ruidosa de ideólogos oportunistas. Pero este ZP póstumo las está empalmando sin despeinarse. En cierto modo, es una pena que su tiempo haya pasado.

Ahora que el descalabro, como al asendereado Alonso Quijano, le había devuelto a la cordura.

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