Diario de León
Publicado por
César Chamorro
León

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Con el corazón, que con el alma no puedo, y la cabeza se me resiste. Eso es lo que vamos a decirles a unos cuantos de nuestros licenciados de la Universidad de León después de que Angela Merkel realizara una oferta de trabajo para jóvenes profesionales en los campos de la sanidad o ingenierías, por ejemplo. A todo esto dice la ministra española de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia, en Buenos Aires, eso sí, que «no tememos una fuga de cerebros. España es un país que atrae talento». Perplejos es poco. No sé qué cuerpo se les habrá quedado a esos licenciados que, si quieren tener un trabajo acorde con su formación antes de que les llegue la muy tardía edad de jubilación, se estará apuntando ya a una academia para aprender alemán. Además, si no empiezan a trabajar relativamente pronto nunca llegarán a cotizar el suficiente número de años para lograr la jubilación máxima que les corresponda.

Pero vamos a ver. Formamos a unos licenciados con el dinero de usted, lector; un dinero que puede superar los 50.000 euros por licenciado (además de lo que cuestan las infraestructuras como edificios, laboratorios, etcétera), y una vez formados se marchan a producir a Alemania. Y eso ¿no es fuga de cerebros? Con el mismo desparpajo la ministra dice que España es un país que atrae talento. Si no fuera algo tan serio seguro que a usted y a mi se nos ocurren media docena de chistes sobre el talento que más atraemos. Esto no es serio. Dice la ministra que «todo lo que signifique oportunidades para nuestros profesionales lo vamos a apoyar». Eso ¿qué quiere decir, que les van a regalar un billete en el AVE hasta Berlín?, porque sino ¿de qué apoyo estamos hablando? Ha insistido en que España actualmente es uno de los países elegidos por investigadores europeos para completar su formación. Está claro que los paisanos y algunos políticos vivimos en mundos diferentes. ¿Cuántos británicos, alemanes o franceses escogen universidades españolas para hacer un doctorado o una estancia posdoctoral?, que, por cierto, son los momentos en los que la productividad alcanza unos magníficos niveles con una importantísima rentabilidad. Lo dicho: adiós.

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