Diario de León
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León

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M e gusta pasear los sábados por la mañana por la avenida de España, entre la glorieta del Templario y Lazúrtegui. ¡Todavía me gusta!. Aunque no hace tanto resultase mucho más placentero introducir los pies en su río de gente y sentir sobre la piel el hormigueo de las corrientes ciudadanas, unas veces más alegres, otras más adustas. Como si el topónimo urbano -”avenida de España-” se fundiera milimétricamente con el espíritu diverso y ciclotímico de este país; de la propia Ponferrada.

El sábado pasado, en cambio, algo parecía haber mudado en la avenida. Aunque tal vez la metamorfosis ya se había producido mucho antes y yo no me había percatado. Acaso fue el sonido lejano e inesperado de un coro de violines, que acompañó mi paso sobre la calle principal, el que despertó esa otra percepción. La de los mendigos en cuclillas, agazapados entre las fauces de las sucursales bancarias y los escaparates de los comercios cerrados o en proceso de liquidación. La de los gestos severos y monocordes de los ponferradinos, como huyendo de no se sabe bien de qué o de quién. La avenida de España, con la otrora esplendorosa casa de los Barcia reducida a un solar de bloques de hormigón, es una especie de parábola topónimo-cronológica de este país. Ya casi nada habla en ella de los tiempos de la Ciudad del Dólar. Los aforismos de cartón de los indigentes compiten como nunca, en número, con los anuncios de «altos» intereses de los bancos. «Soy de León (...) Más vale pedir y ser honrado, que no robar y matar», reza uno de ellos. (De un indigente. Aunque pudiera parecer el de un banco). No sé por qué la mayoría de los menesterosos pone el acento en su lugar de procedencia.

Pero el sonido de los violines se hace cada vez más potente. Son dos chicos y una chica, trasuntos vivos de Kurt Cobain, sentados sobre el alfeizar de la ventana de una caja, en la boca de la plaza de Lazúrtegui. Unas veces parecen interpretar piezas más alegres y otras tremendamente tristes. A la gente le da casi igual. Pasa rápidamente frente a la funda de uno de los instrumentos y deja caer una moneda de diez o de veinte céntimos sobre el interior de terciopelo rojo. «¿De dónde sois chavales?, les interroga una mujer». «De Ponferrada». La avenida de España es una metáfora. Ahora parece la avenida de La Miseria. Aunque suene a Fiesta bajo las bombas.

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