FUEGO AMIGO
Un utópico en la Raya
E ste enero se nos ha pasado bastante inadvertido el centenario de José María Arguedas, el novelista peruano que vivió la primera mitad de 1958 en la comarca zamorana de Sayago, estudiando sobre el terreno la pervivencia de formas de vida comunales similares a las que había conocido de niño entre los indios quechuas. Unas costumbres que bien pudo encontrar también en Llánaves de la Reina o en nuestra Cabrera. Arguedas era ya jefe del Instituto de Estu dios Etnológicos del Museo Nacional de Historia de Lima y viajó a España becado por la Unesco. El resultado de sus investigaciones vio la luz en el libro Las comunidades de España y del P erú (1968). Criado con los indios a causa de un infortunio familiar, aprendió quechua y un estilo de vida marcado por los afectos comunitarios. Su primer empleo fue en Correos y lo perdió al ser detenido durante una protesta contra el golpe militar en España.
Mario Vargas Llosa, que dedicó al estudio de la obra literaria de Arguedas el libro La utopía arcaica, le atribuye con Vallejo el mérito de haber roto el círculo vicioso que malograba la literatura peruana y su apertura a la modernidad. Escindido entre dos culturas, la quechua y la hispana, sus novelas reaccionan frente al indigenismo de cartón piedra, incorporando con enorme talento a su escritura en español la respiración de una sintaxis quechua. Precisamente, durante su estancia zamorana vio la luz Los ríos profundos, la novela que lo consagraría como uno de los grandes narradores americanos del siglo veinte. Ocho primaveras después ensayó su primer intento de suicidio, que repetiría con éxito tres años más tarde, en el invierno de 1969.
En su tesis doctoral descifró el vínculo de influencia entre las comunidades agrarias de Sayago y de los Andes. Viajaba acompañado por Celia, su primera mujer: «Alojados en posadas de arrieros, tuvimos la suerte y la oportunidad de ganar el afecto y la confianza de muchos vecinos y de pequeños negociantes ambulantes». El resultado es un texto plural, que integra la voz de los protagonistas, su testimonio a menudo dolorido. El poeta sayagués Justo Alejo lo interpretó como la auténtica tonada que dibujó el réquiem por el campesinado solidario. Un modo de vida tradicional que cedió a la irrupción del lucro. Las comunidades se debaten entre los vínculos cooperativos de los vecinos y la presión externa que trata de convertirlas en sociedades donde los hombres se enfrenten unos a otros para acumular bienes materiales. Arguedas constata en Muga la pérdida de la propiedad comunitaria, mientras en Bermillo todavía super a el sesenta por ciento del territorio. Ilustran el libro imágenes expresivas de la vida cotidiana en aquel Sayago dispuesto a dejar atrás su raíz comunal.