Diario de León
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ANTONIO PAPELL
León

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L a mutilación de la reforma del Estatuto de Cataluña y la llegada al poder en esta comunidad de la formación nacionalista CiU ha provocado una catarsis en el Principado, en forma de decepción colectiva, que, además de atizar la pulsión independentista, ha reavivado la idea de que el diseño del Estado de las autonomías fue un error de la Transición. Esta tesis, acogida con insistencia estos días por distinguidas plumas del periodismo catalán, incluye la lamentación por el fracaso de otro proyecto de descentralización, conocido como -˜constitución Gades-™ porque fue tramado por un grupo de políticos de la UCD en un establecimiento madrileño propiedad del bailarín Antonio Gades; dicho proyecto, evidentemente fallido, consistía en sobreponer a una España unitaria y meramente descentralizada las tres autonomías de las comunidades históricas, conforme al esquema republicano que se frustró con el estallido de la Guerra Civil.

La idea es vieja, y tiene adeptos. El presidente de las Cortes, José Bono, ha emitido uno de los últimos pronunciamientos recientes a favor de esta fórmula. Objetivamente, el -˜café para todos-™ ignora una parte fundamental de la demanda periférica, que consta de dos ingredientes: uno de ellos, la apetencia de autogobierno, de acercar las decisiones democráticas a los administrados; el otro, el afán de singularidad, de diferenciación. Ocioso es decir que el modelo que finalmente acogió la Constitución ofrece un gran autogobierno pero no singulariza a los entes que alegan derechos históricos o rasgos étnicos para justificar su peculiaridad diferencial y el derecho a lucirla institucionalmente.

El resto de la historia es conocida: Cataluña ha intentado desmarcarse de la homogeneidad general y no sólo el Estatuto con que pretendía conseguirlo ha naufragado sino que varias comunidades autónomas corrieron a imitarla de inmediato, con la particularidad de que el TC ha desmontado partes esenciales del Estatuto catalán y ha dejado intactas disposiciones idénticas en otros estatutos copiados de éste que nadie recurrió.

En definitiva, Cataluña sigue siendo una más de las «comunidades autónomas de régimen general», y el nuevo modelo de financiación, extendido a todas ellas, no colma sus aspiraciones, ya que existe un amplio consenso en el Principado entre quienes piensan que la solidaridad que se le reclama con el resto del Estado es excesiva. De hecho, Mas ha ganado las elecciones con la exigencia de un pacto fiscal, semejante al concierto económico. Tras las controversias jurídicas, el problema hoy es político. Las aspiraciones catalanas, planteadas por supuesto sin violencia y con gran serenidad, deben dar lugar a debates intensos y constructivos. Porque ni la solución puede ser la independencia de Cataluña ni una mayoría de catalanes quiere actualmente oír hablar de tal fórmula, que sería en todo caso la consecuencia de un gran fracaso que no nos podemos permitir.

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