CUARTO CRECIENTE
Zapatos arriba
Escribo estas líneas el domingo por la tarde. Cuando ustedes las lean será martes. Ha llovido y he puesto en twitter que el agua sucia enloquece los desagües. Si no les dan miedo las redes sociales, que ya han tumbado a dos dictadores, pueden buscarme en Internet y comprobarlo. Ciento cuarenta caracteres bastan para contarles que hay alcantarillas que nunca estarán preparadas para tragar toda la mierda que nos rodea.
Vuelvo a utilizar esa palabra. Mierda. Es la única que me viene a la cabeza cuando pienso que después de quince años de investigación policial, nuestro sistema, nuestro Estado de Derecho, no ha servido para resolver la cadena de sabotajes y atentados que sufrió el empresario Sindo Castro cuando decidió instalarse en el Bierzo. ¿Hasta cuándo tanta mierda?, me pregunto. ¿Hasta cuándo tanta impunidad? A veces, leer el periódico deja un sabor amargo.
Escribo estas líneas en una libreta, dentro de un coche aparcado en una cuneta de la antigua carretera Nacional Sexta. Escribo a mano, muy cerca del lugar donde hace unas semanas, descubrí dos zapatos negros colgados de un cable, expuestos a la lluvia, y me imaginé que era las botas de algún caminante de la Marcha Negra, que protestaba porque a la minería le han puesto fecha de cierre. Los zapatos ya no están. Alguien se los ha calzado. Y quizá sea verdad que eran de un minero que ha vuelto al trabajo, ahora que las centrales térmicas queman otra vez nuestro carbón.
O quizá se encuentren más lejos. Quién sabe. Podría ser que alguien haya caminado con ellos hasta una ciudad donde acaban de terminar con treinta años de impunidad. El viernes -"mientras los mineros volvían al tajo y un juez comunicaba a las partes que no había encontrado pruebas para condenar a nadie por la guerra del hormigón-" me pareció reconocer en una fotografía publicada por un periódico de tirada nacional los dos zapatos descolgados en las manos de un hombre. Protestaba porque un viejo tirano de ochenta y dos años se aferraba al poder, incapaz de asimilar que se lo estaba tragando el desagüe de la Historia, y levantar los zapatos era su forma de expresar desprecio.
Lástima que en otros lugares donde llueve, nos cueste tanto indignarnos. Este es un pueblo pequeño. Todos nos conocemos. Y todos tenemos demasiado miedo a mojarnos.