Diario de León
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Carmen Busmayor. león
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Aquilino González Alfayate

A quilino, amigo, han transcurrido ya algunos días de tu estancia en el cielo, no me cabe la menor duda, porque ese es el lugar reservado para las personas buenas que sufren, pero créeme si te digo que este día invernal todavía no atino con las palabras para trasladarte cuánto siento no poder contar contigo al otro lado de mis ojos, de mi voz como venía sucediendo en las últimas fechas atravesadas por la enfermedad. Cuán duro resultar aceptar este punto sin retorno, pese a saber como decía Corneille que «Cada instante de la vida es un paso hacia la muerte», o según refiere el poeta José Emilio Pacheco «No somos ciudadanos de este mundo / sino pasajeros en tránsito por la tierra prodigiosa e intolerable». Máxime porque la muerte como se proclama en el conmovedor himno de las Fuerzas Armadas de España, cristiana canción debida a Cesáreo Gabaráin Azurmendi, no es el final del camino: «Tú nos dijiste que la muerte/ no es el final del camino, / que aunque morimos no somos / carne de un ciego destino...». Me cuesta mucho aceptar tu muerte, algo que tú presentías y que con modélica serenidad has asumido. De ahí que en Navidad, al poco de padecer, para colmo de males, un desprendimiento de retina, a la vez que me enviabas un hermoso villancico perteneciente al mencionado sacerdote vasco Cesáreo Gabaráin, «Despacito, no hagáis ruido», me escribieses, no sin gran esfuerzo, un mensaje precedido por unas bíblicas palabras («Id y decid a Juan: los ciegos ven-¦»): «Le pido a Dios en esta Navidad que me devuelva la vista o que no me falte la luz de la fe». La fe, el tirón de la fe y su imán, que nunca te ha fallado en la frágil travesía vital.

Aquilino, amigo, amigo Aquilino, muchas son las cosas que quisiera comentarte esta mañana gris lluviosa en que regreso a la faena con pesar. Esta mañana en la brevedad de febrero, pero apenas tengo palabras, insisto. Unas se me escurren, otras desaparecen, algunas tropiezan, caen, se sublevan y casi todas se empobrecen o me rehúyen. No obstante sirva este puñado que me resta para recordarte que desde tu paso por el seminario menor de La Bañeza, seguido por los colegios diocesanos de Vega de Espinareda y Puebla de Sanabria, el Seminario de Astorga y varias parroquias, somos muchos quienes nos sentimos afortunados por haberte conocido. Has sido una buena persona y un buen sacerdote. Seguirás con nosotros por los caminos de la memoria y del corazón. Intercede. Enseguida llegará la primavera.

Carmen Busmayor. León

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