Diario de León
Publicado por
LUIS ARTIGUE
León

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E l violinista de Burgo Nuevo tiene un rostro menos apasionado que su música pero a los transeúntes nos dice algo sobre la vida difícil de asumir sin un perdurable escalofrío. Roza el amaneramiento con su cortesía. Vive en crisis económica perpetua. Toca con el espíritu en llamas como si León entero le sirviera de escenario diciendo así, sin decirlo, que el lujo debería ser algo interior. Improvisa su música y su vida. Nos deja clavada la belleza y la injusticia: es en sí mismo un alegato inaplazable contra incómodas verdades que describen el lamentable reparto de la suerte en el mundo... ¿Tener talento da igual?

L as calles de León se van llenando estratégicamente de músicos con el corazón en vilo -el acordeonista ruso de la Calle Ancha que toca como si lo prodigioso fuera fácil, el armenio de La Condesa que lo hace como arrobado, etc- cuyo virtuosismo sutil y a la intemperie nos convoca al pasar el alma a cambio de una moneda, de un gracias, de una mirada que contenga cierto apreciativo mechón de luz. Y uno se pregunta si la verdadera cultura no empieza a ser un poco eso, alguien que toca con pasión y casi nadie escuchando, alguien que sin desearlo se inmola poco a poco con su obra mientras los demás viven, la cultura sin techo, vivir en la frontera, es lo mejor que sé hacer y para ti lo hago... Qué sé yo. El violinista de Burgo Nuevo no necesita partituras porque interpreta de memoria melodías reconocibles, y las reelabora a cada instante, y las renueva, y nos renueva al pasar como si un soplo de intensidad en medio de lo de siempre nos quisiera reactivar de pronto el alma... ¿El amor es una forma de tocar?

Vivimos en una ciudad como pocas en la que los músicos foráneos pueden llenar las calles de sonoridades atormentadas o insólitas sin que eso parezca una puesta en escena; una ciudad con contrastes cuya esencialidad es el surrealismo sin imposturas. En efecto vivimos en una ciudad tan hermosa que la belleza a veces nos pasa desapercibida, pero está. Sí, el violinista de Burgo Nuevo, que algo tiene de metáfora y de lección moral, toca bajo los soportales junto a la bucólica, embriagadora, tienda de quesos mientras sus ojos parecen brasas ennegreciéndose. La gente atraviesa el realismo alucinado de la mañana. Hace un frío que ahuyenta a los exhibicionistas. Y hasta el cielo parece que se estremece poco antes de llover. En efecto lo más interesante que sucede en León no está a veces en las ruedas de prensa ni en las grandes cosas, sino justo ahí delante.

Me refiero a que, aunque hay quien diría que esta semana no ha pasado en León nada reseñable, lo cierto es que acabo de ver a Antonio Gamoneda en Burgo Nuevo posando discretamente al pasar unas monedas en el estuche del violinista hechizado. Y tal gesto sublime me ha conmovido tanto como sus poemas... Igual que ese hombre escribe en nombre de todos nosotros, ¿habrá hecho eso también un poco de parte de todos nosotros? Qué sé yo.

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