CON VIENTO FRESCO
País de samurais
P rimero fue un terremoto de fuerza 9 en la escala Richter, como Japón no había sufrido en toda su historia, o al menos desde hacía cuatro siglos; luego un tsunami devastador, con olas de hasta diez metros de altura que penetraron varios kilómetros al interior devorándolo todo y dejando miles de muertos, que podrían superar hoy ampliamente los 15.000; por último, el fallo de las bombas de refrigeración de la central nuclear de Fukushima, situada a poca distancia de la costa, provocó un riesgo de fusión en varios reactores y una fuga de material radiactivo, con el pánico consiguiente, lo que ha obligado a desalojar a toda la población en un radio de 30 kilómetros. Aunque los medios occidentales han focalizado sus luces, a veces con excesivo dramatismo y alarma, en este último peligro, la realidad de un país con regiones devastadas de manera inmisericorde, con gentes que lo han perdido todo, me ha causado honda impresión.
Pero aún me causa mayor emoción y sana envidia el orden ciudadano, pues en ningún momento hemos visto escenas de saqueo, tan frecuentes en otras latitudes; la actitud estoica, casi imperturbable, de poblaciones sobrecogidas por el dolor pero no por la desesperación, que lloran y rezan por sus muertos; y por último el valor de unos liquidadores, casi dos centenares de personas, que exponiendo sus vidas a un riego alto y casi seguro de radioactividad, han permanecido, por deber y patriotismo, al lado de los reactores nucleares intentando apagarlos o minimizar sus riesgos. Un pueblo así, pese al terrible desastre que ha vivido, no tendrá problemas para levantarse nuevamente, pues es un ejemplo de dignidad, fortaleza y tesón. Esta desgracia será sin duda un reto más de un país que ha vivido momentos terribles en el pasado, como las bombas de Hiroshima y Nagasaki, pero que le sirvieron de emulación para erguirse y prosperar.
Esta conducta estoica y solidaria no nace de la noche a la mañana. Responde a una educación que, con los valores de la ciencia occidental, ha sabido conservar las virtudes tradicionales de los antiguos samurais. Éstos fueron, en el feudalismo de los Tokugawa, primero guerreros imbuidos de una moral cívica, que establecía como virtudes la obediencia al señor y a los padres, respeto a los dioses, valentía y autodisciplina, como recuerda W.G. Beasley en su Historia contemporánea de Japón. Cuando el samurai guerrero dio paso al funcionario, ya no de los daimyos o señoríos sino de la nación, tras la apertura del Japón a occidente a partir de 1853, en que se inaugura la era Meiji, estas virtudes no solo se mantuvieron y fueron observadas escrupulosamente por aquellos; lo más importante, observa Beasley, es se convirtieron en ejemplo para los demás japoneses; es decir, ejemplo de excelencia asumido por todos.