Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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H ace mil años, y puede que también ahora, en la plaza del Cristo había un bazar que tenía colgadas al aire libre unas bragas descomunales. Unas bragas para mujeres muy gordas que provocaban el desconcierto en aquellos adolescentes que éramos, ignorantes de cualquier proporción femenina. Ignorantes de todo y más. Porque allí, en aquel tiempo, ninguno de nosotros había visto a una mujer desnuda. Ni en fotografía. Inmensas bragas generales, pero también gigantescos calzones para hombres enormes que vivirían en la ciudad. Olvidados en barriadas humildes, o enfermos de a saber qué dolencias que les mantenían varados y lentos en sus casas.

La plaza del Cristo era un lugar de pueblo incrustado en la pijotería mercader de Ponferrada. Pero allí también estaba el Teatro Adriano, que era el gran reclamo cultural de aquel tiempo. Porque por su escenario pasaban las compañías de Madrid. Allí vi yo a artistas muy famosos que salían por la tele. Como José María Rodero, aunque ahora no sé si Rodero vino. Pero alguien de su nivel, seguro.

Plaza del Cristo, con una ermita que le dio nombre. La ermita estaba donde hoy hay una casa redondeada. El templo quedó en mi memoria como un lugar mínimo y blanquecino. También recuerdo burros por allí. Con la ermita del Cristo me pasa lo mismo que con el teatro que había adosado al antiguo instituto Gil y Carrasco. Solo tengo sombras; blancas eso sí.

La pequeña plaza ha sido objeto de un embellecimiento. No es que se pueda hacer mucho, pero lo poco viable se ha realizado. Y ahora el lugar queda como pórtico digno de ese mundo comercial que termina en la plaza de Abastos y en el colegio de las concepcionistas, que fue, sin duda, el paraíso para los muchachos de Ponferrada en remotos tiempos.

Un paraíso totalmente inalcanzable; pero para eso era el paraíso. Con sus quinceañeras sonrosadas, vestidas de gris y banda azul, y con aquel sombrero británico-chiflado. Plaza del Cristo, eje menor de lugares castizos. Y al lado unos almacenes famosos, donde había unos empleados que parecían de París. Pulcros, calvos, educados, universales. ¿Qué desea el señor? En una acera eso y en la otra las bragas banderas, los calzones gallardetes.

Se funde lo viejo y lo nuevo, el pasado y el presente. La memoria de un fragor de paisanos y boinas. Y de un señor Miguel, que era un gran carnicero, a cuyo negocio bien surtido iba yo con mi madre. El señor Miguel, al que yo miraba con un respeto que aún me dura, y que no quiero que cambie.

Lugares, gentes, vida, algo de muerte. Plaza del Cristo, corazón de lencerías comarcales. Por allí paseaba de madrugada José María Rodero al salir del teatro. Bueno, si no era Rodero, era otro.

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