La opinióndel lector
Prolongación de Ordoño
E staba yo muy contento por la realización de la obra de prolongación de Ordoño II, con el acercamiento y desbloqueo de la zona Oeste que ello conllevaba, pero todo mi gozo en un pozo. Muy bonito para ir caminando desde Doctor Fleming hasta la catedral, pero una auténtica chapuza para el tráfico rodado.
Resulta que si circulas por la calle Astorga, no puedes dirigirte hacia el centro de la ciudad como siempre se hizo, tienes que coger obligatoriamente sentido Doctor Fleming. Si vienes de Doctor Fleming, tampoco puedes coger la calle Astorga sentido hacia El Crucero, a pesar de haber semáforos que quitan fluidez a la circulación. Si vas por Doctor Fleming con dirección a Michaisa, tampoco puedes girar para coger la nueva prolongación hacia Ordoño y encima, en este nuevo cruce, se forman unos atascos impresionantes en horas punta, que antes no se creaban. Resultado, peor que antes. A mi entender, esto se hubiera solucionado con rotonda en Doctor Fleming y rotonda en calle Astorga frente a la estación provisional.
Encuestas o personas
A b rir los periódicos es a veces un acto heroico por la morbosa realidad que nos infecta los ojos en cuanto advertimos los que trepan a las alturas, donde mandan esos títeres y la canalla política, nubes tormentosas de un granizo contaminado por las heces de una central atómica. Acabamos de celebrar la Resurrección y la primavera estalla ante nuestros ojos con manto de flores y brotes nuevos, como un clásico renacimiento, llenando de alegrías los campos y los pensamientos, pero vemos que los dirigentes de nuestros pueblos, ciudades y regiones se barajan como naipes de una baraja. Por un lado las personas son lo esencial, gracias a Dios. Por otro, lo son gracias al diablo. En las aldeas y pequeñas localidades, las elecciones municipales no recaen sobre partidos e instituciones, organizaciones abstractas que a menudo nadie entiende y trabajan más para sí mismas que para los que dicen servir. En los lugares a escala humana, la gente se conoce y confía o no en ciertas
personas con las que tratan. Que se refugien en un partido u otro tiene relación con el apoyo de la capital o de las instituciones, pero a veces ni siquiera con sus ideas personales. Distinto es en las grandes ciudades y en las cuentas nacionales, aquí viene el diablo, porque reposan demasiado sobre una sola persona, el cabecilla o mandarín, el tiranuelo que controla al partido político. Por eso se publican cada vez más encuestas sobre la preferencia de candidatos ante las elecciones. El presidente del Gobierno actual decide no presentarse y las encuestas cambian su preferencia de voto. En vez de mandar un programa, unas ideas y un grupo de personas, manda sólo uno según sus caprichos. Estamos en época de tiranuelos, como lo eran los señores feudales antaño, si bien con más límites a su poder. Esto es un triste peligro para nuestras democracias. El pueblo ahora parece más pequeño que el personaje.