RÍO ARRIBA
Gatos
Aunque nos duela y nos produzca urticaria, las ciudades de provincias suelen salir en los telediarios por motivos anecdóticos, la mayoría de las veces banales, cuando no propios de noticieros chuscos y sensacionalistas. La semana pasada, sin ir más lejos, nos sacaron en prime time (que se dice ahora) hablando de gatos. Más concretamente, de un asentamiento de gatos que pulula por alguna de esas casitas sofocadas entre los tejados de El Crucero. Algunas vecinas salían ante las cámaras quejándose de la invasión de felinos, cuya presencia asociaban a todo tipo de enfermedades, incluso maldiciones bíblicas. Yo tengo vista, precisamente desde la última planta del Centro Cívico León-Oeste, en madrugadas de niebla gélida, a una manada de gatos soñolientos, apretados unos contra otros para no morirse de frío. Sólo al notar los primeros rayos de sol empezaban a desentumecerse, asomando sus cabezas de Chagall entre una madeja de orejas puntiagudas. Los gatos callejeros, a diferencia de los rurales, siempre han tenido una fama áspera y licenciosa. Se les supone más famélicos y salvajes que sus compañeros de campo, a lo mejor porque viven en los suburbios de la ciudad. En estos tiempos de crisis parece que se les percibe más, o que su andar errabundo tiene un aire amenazador y patibulario. Algunos, realmente, se desplazan por las uralitas con una majestuosidad que roza lo siniestro. No deja de ser curioso que a unos centenares de metros de esta colonia de gatos zarrapastrosos se halle la joya de la corona de los paradores, San Marcos, o el futuro palacio de congresos de León. Seguramente será una mera casualidad geográfica, pero nunca se sabe. Puede que finalmente sea un síntoma de la asimetría económica del país, con gentes que se acuestan escuchando maullidos hambrientos, mientras otros lo hacen en silenciosas camas con dosel. Claro que en estos casos, como en otros lances históricos, debería tenerse en cuenta el peso de la dialéctica: nunca se sabe qué tipo de alianzas se acabarán echando de menos. Ni por dónde se filtrará el hedor de la miseria. O el sueño de los gatos. A veces, en épocas convulsas, lo primero que ven salir los pudientes de debajo de sus lechos son, precisamente, las ratas.