EN BLANCO
La Redención
L a realidad es una fuente inagotable de historias. Y resulta reconfortante que, en medio de la gritería política y social imperante, aún podemos refugiarnos en el estilo de vida limpio y ordenado que se asocia con la Semana Santa leonesa, una explosión de colorido, plasticidad y belleza hecha de gestos, de tradiciones inamovibles y valores eternos que invitan a la emoción. Lo cierto es que la catequesis urbana correspondiente al año en curso no tuvo el santo de cara, por así decirlo, ya que lamentablemente se caracterizó por unos días de paraguas e impermeable. Una contrariedad que sirve como acicate para que la próxima edición luzca en todo su esplendor. Bajo esta filosofía trabajan los cofrades de La Redención, una hermandad nacida hace veinte años con las premisas de recuperar las señas de identidad básicas del ritual. Es decir, austeridad, silencio, rigor y sobriedad. Abanico de buenas intenciones que busca potenciar, a su modo y manera, la eterna belleza de una ceremonia elevada a los altares del culto popular.
El siguiente reto de los hermanos de La Redención, entre los que tengo amigos como Luis Carlos Sinde o el doctor Ángel Seisdedos, consiste en enriquecer su patrimonio gracias a una espléndida imagen de la Divina Gracia, obra del imaginero Antonio José Martínez, escultor de enorme talento para el detalle que ha volcado todo su arte en una talla que supone todo un alarde del mejor estilo pasional. Se trata de un nuevo concepto de la Dolorosa, a medio camino entre las escuelas andaluza y castellana, que aportará un toque de distinción al cortejo que programa la Redención el Domingo de Ramos, de por sí impresionante dada su emotividad y aderezo. Puesto que los tiempos permanecen grises en el aspecto económico, la cofradía ha sacado la hucha a pasear y apelan a la faceta más filantrópica del pueblo leonés para ayudar a la financiación de la imagen. ¡Venga, no sean rácanos!