LA VELETA
Bruselas manda
L a gran recesión ha tenido algunas repercusiones pedagógicas positivas que, de aprovecharse debidamente, servirán para evitar crisis futuras y para acelerar la modernización del sistema económico global. Así por ejemplo, el grave crash del sistema financiero internacional ha puesto en evidencia el proceso de construcción europea ya que se ha visto la fragilidad de un edificio que ni siquiera se había dotado de una política económica común, de forma que el Banco Central Europeo, que sí existía y dictaba la política monetaria, era independiente, aunque nadie sabía de quién. La crisis ha estimulado, en fin, la génesis de una política económica común, contrapunto de la política monetaria, que podrá servir de base y fundamento de la moneda común, el euro, la gran conquista de la integración continental.
De hecho, esta política económica común, en forma de flamante gobernanza europea, está ya aquí. La Comisión Europea, en uso de sus nuevas potestades, ha presentado un análisis económico en el que traza el rumbo que deberían emprender todos los países de la Unión. El análisis, que tiene valor prescriptivo, se ha publicado en los periódicos, por lo que no me extenderé en describirlo: sintéticamente, en lo tocante a España, la recomendación principal consiste en bajar las cotizaciones sociales a cambio de subir el IVA y la fiscalidad de la energía. Menos cargas sociales y más impuestos indirectos.
Nada habría que objetar a estas «sugerencias», que evidentemente son tan bien intencionadas como opinables, si fueran realmente «políticas» pero no lo son. La Comisión, que recomienda a los dirigentes europeos que no abusen del margen de maniobra que tienen -”es decir, les conmina a acatar las órdenes porque «en caso de que las recomendaciones se suavicen el proceso perdería credibilidad»-”, se cuida expresamente de afirmar que «su valor -el de las recomendaciones- reside en que son producto de extensos y objetivos análisis técnicos y no el producto de pactos políticos».
En pleno franquismo, ya en los años sesenta, después del plan de estabilización, el Opus Dei, mayoritario en el gobierno de Franco, inventó aquí la tecnocracia y trató de convencer a la ciudadanía de que la obra de gobierno era providencial porque provenía de sesudos técnicos, los tecnócratas, que habían proporcionado una especie de «verdad científica». Gonzalo Fernández de la Mora, plagiario del sociólogo norteamericano Daniel Bell, escribió El crepúsculo de las ideologías para tratar de consolidar teóricamente tal doctrina ultraconservadora: los tecnócratas debían suplantar a los políticos y entregar al pueblo la verdad revelada. Esto es lo que está sucediendo en Europa: los gobiernos democráticos europeos deben plegarse a la vetica en el altar de la economía.