TRIBUNA
El recuerdo de una voz comprometida
La desaparición sorprendente y repentina del insigne periodista me obliga a recordar su voz comprometida. Su nombre me ha sido familiar desde 1988, año en que además de ser lector asiduo del Diario de León, inauguré mi colaboración en el suplemento cultural semanal el Filandón. Interrumpida la actividad por motivos personales, la reanudé precisamente en las páginas de Opinión, cuyo redactor jefe era el reconocido Vicente Pueyo, siendo director Fernando Aller González, personas abiertas al mundo de las ideas y dotadas de una facilidad para entablar el diálogo con los demás y de una espontaneidad dispuesta a cambiar impresiones y relacionar distintos puntos de vista en cualquiera materia. Al dirigirme a ellos, con esa cordialidad que los caracterizaba, acababa finalmente escuchando la voz de Vicente Pueyo, quien en ciertas ocasiones me decía: «No te preocupes... lo tuyo aparecerá próximamente...» Así sucedía habitualmente. Recuerdo que la última vez que hablé con él fue a principios del mes de febrero del año en curso, a propósito de un artículo que envié al periódico y que, con el título de «Francia contra Laurent Gbagbo», fue publicado el jueves, 10 del mismo mes, es decir pocos días después de nuestra conversación. Desde entonces no sabía que la sorpresa melancólica me perseguiría y me cogería como siempre. Es probable que esa se haya constituido en una constante de mi vida. La misma sorpresa que me cogió en 1986, cuando habiendo enviado un ejemplar de uno de mis libros a Henri Birault, uno de mis profesores de la universidad de Paris-"Sorbonne, lo recibí de vuelta con una nota manuscrita en la que se leía: «décédé» (muerto), fue la misma que me cogió, en 1993, a la muerte del poeta y escritor portugués Antonio Garibaldi, que residía en Felgueiras.
En esa Legio VII, en la que vivo hace décadas, he sido tantas veces sacudido por el impacto que supone la desaparición de amigos o de personas muy cercanas, siendo consciente de que nuestro último contacto o nuestra última conversación fue una despedida para siempre. He experimentado la misma situación ante las muertes de Carlos García Rodríguez, un compañero del instituto «Otaviano Andrés» de Valderas, que tuvo lugar en un accidente de coche en Benavente; de Emilio del Riego Fernández, otro docente del Instituto de Carrizo de la Ribera; de Eva Díez Fernández, una de mis alumnas más simpáticas y educadas de dicho centro, que en el umbral de su juventud radiante se hallaba en la universidad local y desapareció en otro accidente de coche, probablemente al regreso de una fiesta con otros estudiantes; de Heriberto Álvarez García, antiguo fundador y director de la Escuela Superior Indígena, de la entonces Santa Isabel de Fernando Poo; del inolvidable músico Ángel Barja; de otra de mis alumnas del Padre Isla cuyo nombre no recuerdo, que perdió la vida saltando desde una ventana de un quinto piso; del traumatólogo Justo Galán, quien se desvaneció de repente en un partido de fútbol sala en el Aeroclub, en La Virgen del Camino. Esta vez, la villa ha estado conmocionada en mi ausencia, me encontraba fuera aprovechando el margen de libertad que me concede mi nueva situación de jubilado, en la que me muevo a través de la geografía peninsular, insular e incluso internacional para participar en congresos y coloquios diversos. Esos vaivenes no me permiten a veces estar al corriente de las noticias locales o nacionales. Al regreso de mi viaje a la universidad de Sevilla, donde asistí a uno de esos congresos, me entero de lo fatídico el 8 de junio, miércoles, y para cerciorarme del todo me dirijo a la hemeroteca de la Biblioteca pública de Santa Nonia. Leo con una extraña curiosidad el Diario de León y, a la vista, me topo con el obituario: «Fallece Vicente Pueyo, uno de los periodistas ilustres». Cabizbajo, con una mirada rápida a la imagen que acompaña a la letra, intento con resignación continuar una lectura que me confirma que la muerte le sobrevino el domingo, 5 de junio, «mientras practicaba ciclismo, en el cruce de Valsemana de la carretera de Lorenzana a La Robla.» Lo ha pillado como al amigo y doctor Justo Galán, reflexiono...
De sopetón me invadió esa terrible sensación que atraviesa de punta a cabo la condición humana, por la que, al percatarse de su temporalidad, sospecha que puede expirar en cualquier instante. Intenté serenarme un poco, para concluir la lectura. Al final llegué a las líneas que él mismo llamaba «la aspillera», en la que se reproducía su breve artículo: «Un fotoperiodista», que no sé a ciencia cierta si éste sería el último, publicado en este Diario el 27 de enero del 2011. En él nos subrayaba su coincidencia con Gregorio Morán, al estar convencido de que «Sobrevivir con honestidad y coherencia en este oficio, con la que está cayendo, tiene algo de prodigioso». En el fondo de este oficio, que no era otro sino el periodismo, sonaba su voz comprometida, una voz cuyo eco no sólo abarcaba la realidad circundante, sino que también retrocedía a su pasado y, pasando por el presente, quería proyectarse hacia el futuro. Un epígrafe, por ejemplo, el de los «Desaparecidos», una exposición que tuvo lugar en el Musac de la villa de León a principios de este año, que pasaría después a Madrid y a Barcelona, era para él una reflexión sobre la reciente historia española y la eventualidad de un juicio crítico que podía haber establecido las bases de una auténtica reconciliación...
Este es el resumen de una vida profesional que había asumido el compromiso de cultivar un periodismo inspirado en el humanismo existencial del siglo XX, que tendía, cada vez más, a interrogar la responsabilidad de la acción humana a escala planetaria. Que descanses en paz, querido Vicente, y que la herencia de tu voz comprometida perdure en ese medio en que te movías.