Diario de León
Cristina Fanjul
León

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Leo con sonrojo que UPyD ha solicitado al alcalde que ponga en marcha una consulta popular para decidir si el conjunto escultórico de Eduardo Arroyo debe continuar en Puerta Castillo o desmontarse y desaparecer. La tontada me recuerda la frase de Borges, ya saben, esa que dice que la democracia es el abuso de la estadística. Y es que, si bien no se ha descubierto ningún sistema político mejor, sigo pensando que eso de defender que todo el mundo puede opinar de cualquier cosa es un discurso más que perverso. Sin duda alguna, la tesis no me vale para la actuación con la que los artistas representan la realidad y desde luego es disparatado si se argumenta con elementales como la oposición estética con el entorno. Las palabras exactas de los curators upeydianos es que «las zonas arqueológicas o históricas deben mantener una estética homogénea que las moscas distorsionan completamente». El adverbio es lo que más me gusta de la frase porque la distorsión, para ser metafísica, tiene que ser completa. De lo contrario es sólo una pequeña deformación y entonces puede que la idea asamblearia pierda fuerza.

Me gustaría preguntar a los integrantes de Unión, Progreso y Democracia desde cuándo la creación debe ser armónica y les traslado una curiosidad: ¿Creen que hay alguna diferencia entre decoración y arte? Porque claro, puede que el colmo de su experiencia estética sea el Nuevo Estilo, pero eso no quiere decir que la degeneración de la armonía no tenga, al menos, el mismo valor. Respeto profundamente a los que claman contra la representación teatral con la que Arroyo ha cambiado la faz del entorno del Arco de la Cárcel, pero no entiendo por qué la voz más fácil debe ser siempre la que ahogue las que tratan de explicar la realidad con más sutileza. El conjunto escultórico de Eduardo Arroyo no distorsiona nada. Primero porque es bello en sí mismo y la belleza siempre casa con la perfección. Pero es que, además, la concepción escultórica de Arroyo revela una simbología que se acopla de manera magistral con el entorno en el que la gran mosca se incrustra. Santa Marina acoge un pasado de violencia difícil de igualar en otra zona de la ciudad. Allí se esconden los vestigios de los barracones de los legionarios y allí purgaron sus delitos ideológicos cientos de leoneses tras la guerra. No podría haberse elegido un escenario más adecuado para el decorado del artista de Laciana, representación y compendio de la inhumanidad del insecto y de la memoria del paraíso perdido, cuando el mundo aún acogía la magia de los unicornios. Cree

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