Diario de León
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ernesto escapa
León

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C ada vez que salta la alarma de un robo culto, como el ocurrido esta semana en la catedral de Santiago, recuerdo aquel relato del maestro Hemingway en el que los personajes hurtaban varias piezas del museo de San Marcos, en León, que al final devolvían para salir del aprieto. Es la variante del final feliz, que todavía a veces se repite, pero no la más habitual. Lo previsible es que los ladrones tengan pactada una entrega rápida de su botín a un depositario con capacidad de aguante. Así que pasen siete años, atención a las subastas. Ese es el plazo a punto de cumplirse para la emergencia, por ejemplo, de las Ordenanzas de Valladolid (1549), distraídas en el traslado del archivo desde los sótanos municipales a San Agustín. A no ser que se hubiera olvidado su pesquisa-¦ También fue el túnel de silencio que atravesó el Libro de las Estampas (siglo XII) de la catedral de León desde que se advirtió su falta en la vitrina, el 9 de julio de 1969, hasta que lo sacó a subasta el anticuario Zenner de Heidelberg, en julio de 1976. Un año más tarde, por San Juan, regresó a la catedral con la falta de su primera estampa, la del rey Ordoño II, que seguramente se arrancó para ser usada como reclamo tentador.

Ahora ha tocado el birle al Códice Calixtino, coetáneo del Libro de las Estampas. Hace ya 21 años no pudo participar en la muestra documental de las Edades del Hombre, porque el cabildo compostelano exigió un seguro de mil millones de pesetas. Pero el fotógrafo que lo reprodujo hace nueve para su edición facsimilar ha contado que al acabar su trabajo tuvo que andar buscando a quien entregar las llaves. Tampoco faltan los ejemplos de archiveros encausados. El muy sonado de Manuel Basas en Bilbao y alguno más cercano. En sentido contrario, recuerdo la pulcritud y desvelo con que siguió el proceso de reproducción de las extraviadas Ordenanzas de Valladolid el archivero Fernando Pino, mientras el periodista Félix Ángel Carreras disparaba placas en la fotomecánica de El Norte. Y todo para que aquel precioso original (valorado en cien millones de pesetas) se perdiera en la mudanza.

En casos así, que se vienen repitiendo más de lo debido, la pregunta siempre es la misma: ¿cómo ha podido suceder? La tradición de los descuidos en la vigilancia de bibliotecas, archivos y museos, que facilitan los robos del patrimonio, no ha servido para poner remedio a su reiteración. Es una película vista muchas veces. Alguien que se gana la confianza de los guardianes (si no es el mismo custodio), estudia el terreno y aprovecha el relajo de los cancerberos para por su mano o la de un primo hacerse con la prenda. A partir de ahí, la baraja de posibilidades depende de la profesionalidad del mangante. O sea que a esperar.

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