CUARTO CRECIENTE
Puerta y Zócalo
Encontré la Puerta del Sol desangelada. Silenciosa. Irreal. Una plaza así, tan bulliciosa que podría ser el ombligo del mundo, no tiene sentido sin gente. Pero los autobuses urbanos no se detenían en las marquesinas. El metro pasaba de largo. Y sólo los residentes podían cruzarla como fantasmas para encerrarse en sus casas después de acreditarse.
Encontré la Puerta del Sol secuestrada por un cordón policial. El mundo al revés. La policía protegía una plaza vacía de la gente. Una plaza donde ya no había indignados, sino indigentes acampados, según el argumento empleado por el Gobierno y el Ayuntamiento de Madrid para justificar el desalojo de los últimos irreductibles del Movimiento del 15-M, aprovechando que en el mes de agosto todo hace menos ruido en los periódicos. Y digo el mundo al revés porque la gente a la que impedían entrar en la plaza, reindignada por la actuación policial, no se resignaba a perder un símbolo de la protesta contra el poder de los mercados y de los políticos gobernados por los mercados y asediaba la Puerta del Sol en todas sus bocacalles. El resultado llegó a ser esperpéntico, con los indignados cortando la Gran Vía y la plaza del Callao, y trasladando sus asambleas a la plaza Mayor. Porque la calle, no lo olvidemos, es de todos, y en primer lugar de los que se quejan.
Después del esperpento, cogí un avión. Volé en el vientre de una ballena, o eso me pareció, y aterricé en el ombligo de la luna, que así es como llaman a México. Visité mercados bulliciosos en las calles de la capital y en todas partes ví policías de uniforme azulado y chaleco antibalas, que por algo el país vive en una guerra no declarada contra el poder de los narcos.
Y al llegar a la plaza de Las Tres Culturas, decidido a pisar el lugar donde un día de octubre de 1968, el Ejército y los paramilitares causaron una matanza entre los estudiantes indignados contra el Gobierno, descubro la acampada de un sindicato de la electricidad que apenas cuenta con apoyo popular, pero lleva cuatro meses en el Zócalo sin ser desalojada. Y es en ese momento cuando empiezo a pensar que la frase que André Bretón le dedicó a México —«el único país del mundo surrealista por instinto»— habría que usarla mejor con España, donde si seguimos perdiendo la calle como escenario de nuestras quejas, acabaremos perdiendo también nuestra democracia.