TRIBUNA
¿Hasta cuándo señores políticos?
Vivimos momentos de extrema dificultad. Insistentemente nos lo recuerdan todos los medios de comunicación, incluso en agosto, mes vacacional por excelencia. Eso que llaman «los mercados», y que nadie se atreve a decir quién se esconde detrás, han impuesto su dictadura: especular, obtener enormes beneficios a costa de lo que sea, sin reparar en nada ni en nadie por poderoso que este sea.
Las crisis a lo largo de la historia han sido frecuentes y el hombre las ha superado aprendiendo de todas algo. Sin embargo, en esta ocasión, soy bastante pesimista que así vuelva a ocurrir. No observo en el ambiente síntomas de culpabilidad por ningún sitio; parece que nadie tuviera la culpa, por lo cual nada ha de cambiar: los bancos, como siempre, ganando cuanto más mejor y los políticos conservando sus puestos como si no hubiera pasado nada.
Conozco que es un problema de los países más avanzados (la globalización también aquí hace de las suyas), aunque no en todos se sienta con la misma virulencia. En España, la situación parece dramática por el peso del paro y la ausencia de expectativas para la juventud. El gobierno tiene en ello gran parte de culpa por no atajar a tiempo lo que se nos venía encima, pero también participan de esta culpabilidad las autonomías y las administraciones locales, igual de perezosas e instaladas en la rutina y en los malos hábitos.
Me voy a centrar en León, nuestra querida y maltratada tierra, olvidada desde tiempo inmemorial. Ya han transcurrido unos meses desde las últimas elecciones municipales y autonómicas, periodo suficiente para sacar algunas conclusiones. Estas son las mías: Tenemos un nuevo equipo en el Ayuntamiento, cuyas primeras labores se han concentrado en deshacer gran parte de lo que había hecho el gobierno anterior: calle de Fernández Ladreda, ubicación del Rastro, parque infantil en Papalaguinda, etc., con lo que se ha enterrado el dinero empleado anteriormente en hacerlos, unido al dinero en modificarlos y en volverlos a hacer. Un buen ejemplo de ahorro en una corporación en ruinas, según ellos proclaman. ¿Tan difícil resulta coincidir en algo?
Según la nueva corporación la deuda del Ayuntamiento suma un montón de millones más de los que afirma la corporación anterior, por eso se anuncia la contratación de una empresa de auditoría para aclarar las cuentas, con un elevado coste a añadir. ¿Para qué existen los servicios de control propios?, ¿son tan manipulables los funcionarios?, ¿cómo se puede hablar con tanta superficialidad de esas cuentas?, ¿ya no sabemos sumar?, ¿no interesa saber la verdad para obrar luego según intereses particulares?...
De los resultados habidos en las elecciones del 22 de mayo se deduce claramente quién ha ganado y quién ha perdido. Esperábamos dimisiones, puestos a disposición del partido cargos, renuncias. Nada de eso ha ocurrido. Se ponen dificultades a los que piden aclaraciones, ausencia absoluta de autocrítica, intento de perpetuarse en los cargos, si no es aquí en otro lado…
Los problemas económicos en los ayuntamientos son generalizados y en las diputaciones también. ¿Cómo solucionarlos? Subiéndose el sueldo. No importa que un montón de empresas llamen a la puerta para cobrar sus servicios. ¡Que esperen! Contestan sin inmutarse.
Esta es desde mi punto de vista la realidad que se vive hoy en León: todo permanece igual. Sin embargo, no pretendo describir una situación agónica; nada está perdido si de una vez por todas somos conscientes de los verdaderos problemas y exigimos cambios y soluciones. Nunca ha sido León una tierra que haya luchado por sus intereses; si ahora no lo hace, estará en juego su progreso y su futuro. Ha de luchar, reivindicar, manifestarse, hablar alto y claro, si no quiere convertirse en una provincia solo con un pasado glorioso. Y para ello debe exigir a sus políticos y representantes, a quienes vota con ilusión, que miren antes por los intereses de la comunidad que por los suyos. No a los políticos profesionales; sí a los auténticos servidores del pueblo. El movimiento 15-M puede ayudar en la denuncia y solución de estos problemas (si se abarca menos, se logra más).
Solucionemos primero los problemas más acuciantes, los que afectan a gran parte de la población; no hagamos de las deudas, de no pagar una costumbre; antes que política de partido, hagamos política de pueblo; demos utilidad y prestigio a las instituciones; contribuyamos a una sociedad más justa y equilibrada; conservemos los eternos valores de la democracia para que los votos no se cansen… Ah, se me olvidaba. Antes el director no cobraba, si antes no lo hacía el último empleado, el de los ochocientos euros al mes. ¿Hasta cuándo señores políticos?