La opinióndel lector
La prima de riesgo
NNunca había pensado en un billete de diez euros como un objeto que puede ser vendido o comprado de la misma forma que se compran y venden unos zapatos o un bolso. A primera vista, si uno despoja de su mente la idea del valor que lleva asociado, no deja de ser un trozo de papel de poca resistencia, que no se puede comer, ni usar para calentarse o para vestirse, ni siquiera para contemplarse como una obra de arte. Su única utilidad es la ficción, es decir, crear la posibilidad de realizar todo lo que imaginamos y lo que incluso todavía no imaginamos, con la promesa de que el valor escrito en tinta sobre ese papel será cumplida.
La cadena de ficciones se hace más larga y compleja cuando alguien decide comprar dinero, bien que no todos poseen, a cambio de otro papel—promesa, designado esta vez con el nombre de Letras del Tesoro, Bonos, u Obligaciones del Estado. En este papel la promesa escrita es que se devolverá la cantidad indicada más un beneficio a un interés dado. Cuando el poseedor de estos «pagarés» quiere hacer uso de los mismos, puede encontrarse con que la entidad que los emitió no responde. El riesgo de que esto ocurra es lo que hace que el precio del dinero sea más caro y por ende, que aumente la famosa prima de riesgo. El indicador que nos ha mantenido en vilo este verano es una representación de la validez de la palabra dada en un momento de incertidumbre.
Si preguntas a un consumidor medio cuánto cree que cuesta un billete de diez lo más probable es que responda que diez. Un inversor te respondería que en Alemania cuesta, poniendo una aproximación sin referencias reales que permita comprender, diez con seis céntimos, pero que en España el mismo billete de diez cuesta trece, catorce o dieciséis, en función de cuál sea la confianza que en ese momento se tiene de la solvencia económica del estado español. Aún así, todos los estados se endeudan porque demandan bienes que no pueden pagar en ese momento: tecnología, infraestructuras, gasto militar y sanitario.
La mayor parte de lo que nos rodea se ha materializado gracias a este mecanismo, primero se proyecta la necesidad, después se imagina qué medio técnico o humano lo resolverá, y finalmente, se le asigna el valor que tendrá. La promesa de que el coste será pagado es lo que hace que el desarrollo se ponga en marcha. La única amenaza reside en la propia seña de identidad del proceso: es básicamente ilusorio desde su inicio hasta su fin. Mientras todos quieran seguir en el mismo sueño, todo está bien. El problema comienza cuando alguien despierta —o no puede dormir—.
Susana Barragués. MADRID