Diario de León
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Fidela

El nombre de Fidela significa mucho para muchos leoneses que han pasado por Mansilla de las Mulas durante los últimos 66 años. Detrás de este nombre estaba una mujer menuda, discreta, trabajadora, esposa, madre y todo corazón para quienes se acercaron a su «tienda de ultramarinos», después merendero para cubrir sus necesidades gastronómicas.

Fidela representa a las niñas de la guerra que sufrieron la pérdida de hermanos, familiares y amigos y supieron recuperarse e iniciar una nueva vida olvidando los amargores del pasado. Representa, junto al que fue su esposo, Emigdio, el resurgir de las cenizas de la generación de la posguerra a partir de la miseria que significaba tener como punto de partida un techo y una cama para dormir.

Recuerda los primeros años del estraperlo, la búsqueda de los productos de primera necesidad que les demandaban sus clientes de la ribera media del Esla. En «El Único» se conseguía harina, aceite, arroz, azúcar, conservas, etc. productos de difícil consecución que ellos adquirían con gran esfuerzo llamando a innumerables puertas para ofrecer aquellos productos que los clientes y la necesidad les demandaban. Era el nombre que todos los ribereños y los de la capital repetían cuando entraban en lo que después fue el Restaurante «El Único».

Aquí se celebraban las compras hechas en la feria de Mansilla alrededor de un plato de embutido, bonito en escabeche o escabeche de «tino» con cebolla, todo ello regado con los vinos de los Oteros servidos en una jarra de barro y los mas atrevidos tirado en boca con un porrón. No importaba que hubiera un dependiente, hijo o empleado siempre se solicitaba la presencia de Fidela porque Fidela era sinónimo de confianza, seguridad, atención y servicio: buen servicio hecho con amor. Porque amor ponía en todo lo que hacía y cocinaba.

Los callos que cocinaba tenían, pata, callos, pimentón y amor. Las tortillas de patata que cocinaba tenían patata, cebolla, huevos y horas de amor al fuego. Las menestras de verduras que preparaba tenían un toque especial que solo ella daba, el aderezo con mucho amor. El chorizo casero, significaba un rito anual que ocupaba a toda la familia durante meses de invierno. El toque final, la mezcla definitiva de ajo, pimentón y orégano, eso nadie lo hacía como ella. Por eso todos preguntaban por Fidela porque ella lo controlaba todo y cuando respondía al cliente: «Coma este y este plato» seguro que era lo mejor que tenía ese día.

Los clientes se fiaban de ella. Su nombre imprimía carácter. Nos recuerda al «jamón asado», plato con el que ganó varios premios en la categoría de libre del Festival de la Trucha. Su receta aparece en todos los libros de cocina de la época.

Estuvo 30 años en «El Único» mientras nacieron sus tres hijos y sacó adelante el negocio familiar en compañía de su marido. Siempre tuvo palabras de ánimo y comprensión para cuantos le saludaban. Reconocía a sus conocidos y ayudaba a cuantos se lo pedían. Nunca una mala palabra, un mal gesto. Cuando Dios le llamó para que sirviera en su reino se fue en silencio, agradeciendo sus desvelos a cuantos le cuidaban, rodeada de sus hijos, nietos y biznietos.

Descansa en paz, mamá.

Álvaro Miguélez Ferreraso. LEÓN

Fe de erratas

En el artículo publicado en la Tribuna de este Diario, ayer 24 de agosto, «El Nazareno de la túnica morada», donde la autora dice «Machado» debería decir «Gabriel y Galán».

 Ara Antón. LEÓN

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