LA 5ª ESQUINA
Una planta fea y caprichosa
Hace un año, la agencia Efe informaba sobre una extraña noticia: En el Jardín Botánico madrileño se estudiaba una planta con tres millones de años de antigüedad. Un fósil viviente único en su género. Se trataba de una especie diminuta, de aparición caprichosa y de difícil localización debido a su pequeño tamaño y a su baja densidad poblacional. El Diario de León se hizo eco de esta noticia porque dicha planta había sido encontrada en tres lugares de España: en Constantina, Sierra Norte de Sevilla; en Cadalso de los Vidrios, Madrid y en Ponferrada. Añadía la crónica que actualmente solo se había podido constatar su presencia en la capital de El Bierzo, con unos 100 ejemplares, ya que en Madrid no se la volvió a ver desde el año 2000 y las sevillanas no aparecían desde 1982. La extinción de las poblaciones sureñas dejaba a Ponferrada con la gloria de ser el único lugar conocido donde vivía este rarísimo ejemplar. Sin embargo, la noticia no echó raíces; ni siquiera como producto turístico, donde ya se sabe que encaja casi todo lo que no encuentra asiento en otro lugar. Nadie dijo que había que hacer algo. Ni siquiera alguien preguntó donde estaría localizada, si en el barrio de La Borreca o en la Fuente del Azufre. De los pocos a los que llamó la atención este raro ejemplar hermafrodita —»de pobre estrategia reproductiva»—, alguno se preguntó si tendría poderes medicinales o si valdría para acompañar el botillo. Quizá algún otro dijera que, siendo cosa única, la habrían traído los templarios…
La planta en cuestión se llama Gyrocaryum oppositifolium Valdés, aunque este último apellido no fuera en honor de aquel millonario, Daniel Valdés y Barrio, que dejó rica herencia para los ponferradinos. Los expertos la describen como una hierba anual híspida (erizada), que mide entre 5 y 20 cm., con hojas de oblanceoladas a elípticas y con flores. Dicen los botánicos que suele vivir (cuando la dejamos) en pastizales, encinares, cerca del pino piñonero y en los matorrales. La nuestra se esconde próxima al cementerio de Montearenas. Y no porque sea fea, que lo es, pues los circinios brateados y pedicelados o las núculas urceoladas y tuberculadas que posee, le quitan a uno las ganas de llevarla a casa y plantarla en un tiesto. Su cercanía al camposanto es una premonición de su condena a desaparecer. Cuando lean esto puede que ya agonicen los últimos ejemplares, aunque sus tres millones de años parecen otorgarle excelente inmunidad al pisotón humano. Pero la muerte, como diría el genial Quevedo, viene con mudos pasos y «con sus pies todo lo iguala»... Había que hacer algo.