AL DÍA
La unidad socialista: el PSC
Parecen pintar bastos para los socialistas y los analistas cavilan sobre si Rubalcaba conseguirá o no superar el pésimo resultado que logró Almunia en el 2000, el 34,16% de los votos y 125 diputados. Asimismo, algunos opinantes barajan la posibilidad de que, si el resultado es desastroso y obliga a una auténtica refundación del PSOE, se produzca algún conato de escisión en el partido referencial del centro—izquierda español.
No tiene demasiado sentido especular sobre el resultado de unas elecciones a corto plazo pero sí caben ciertas consideraciones sobre la cohesión interna del PSOE. Y la verdad es que no hay síntomas reales de que pueda haber fractura alguna. Durante la etapa Zapatero ha habido una unanimidad prácticamente absoluta (lo que no es precisamente una virtud en un partido político), y hoy todos los militantes con aspiraciones se mantienen dentro del aparato, sin la menor veleidad. Con una excepción: en el PSC, la derrota electoral en las últimas autonómicas y la consiguiente pérdida del poder ha reabierto el debate, ahora bastante encendido, sobre la autonomía del partido catalán y, especialmente, sobre la constitución o no de un grupo parlamentario propio.
En teoría, esta tesis parece inobjetable. Y lo sería si el socialismo catalán, el que de la mano de Maragall realizó la operación estatutaria, el que gobernó desde 2003 y durante ocho años en feliz connubio con ERC en la Generalitat, fuera en realidad antinacionalista, por más que mantuviera su pátina catalanista.
Pero hay razones fundadas para pensar que no hay tal, que una parte del PSC, vencida por un extraño complejo de inferioridad, ha cedido a los tópicos del nacionalismo, se ha convertido en un sucedáneo de CiU en varios aspectos y ha dejado huérfano el territorio central del patriotismo constitucional, en el que la identidad es poco más que el escenario material de las libertades. En otras palabras, si no cambian las cosas, el PSC no sería el contrapunto de CiU en el victimismo nacionalista que esta formación ejerce constantemente en el Parlamento español sino el aliado de la reivindicación permanente. Y si los socialistas catalanes quieren, en efecto, proyectar otra imagen de Cataluña, pueden describirla perfectamente en los medios, en los foros intelectuales, y desde luego en las propias instituciones, sin necesidad de repudiar al socialismo matriz, federalista, que se extiende en todo el Estado.
La génesis del PSC, fruto de la convergencia de varias corrientes de centro—izquierda en los años preconstitucionales, fue muy compleja, y su relación paternofilial con el PSOE ha resultado muy fecunda hasta ahora. No debería, pues, incurriese en el papanatismo de pensar que lo moderno y lo progresista es la concesión identitaria y la condescendencia con la pulsión nacionalista.