Diario de León
Publicado por
MARGARITA TORRES
León

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Con la que está lloviendo en este país y un señor, con cara de padecer del vientre con frecuencia, afirma que le estamos «tocando las narices» porque el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña obliga a incorporar el castellano como lengua vehicular de enseñanza. Se lamenta Artur Mas de que se ha roto el consenso de la Transición Española con esta sentencia, que España planta cara a Catalunya.

El problema, realmente, es que algunos nacionalismos mal entendidos buscan su subsistencia y aún el gobierno en sus taifas particulares sobre la base de la permanente confrontación. ¿Qué sería del CiU de Artur Mas sin el argumento de una Espanya capadora de libertades? ¿Qué sería de ellos si PSOE y PP, para asuntos de estado, juntaran su 80% de representación nacional y les dejaran como el caganet?

Cuando la historia se convierte en misil autonómico se cae en la falacia. El territorio hoy catalán formó parte de las provincias hispanas del Imperio Romano. De hecho se romanizó antes que León. Llegó la Edad Media y a su conde Wifredo «el Velloso», supuesto inventor de su bandera rojigüalda allá por el s. IX, le llamaban vasallo los musulmanes de Córdoba. Más tarde, a algunos de sus nobles señeros, como el conde Armengol de Urgell, le denominaban mayordomo del rey de León. Feliz de tal vasallaje y orgulloso el día que, junto al conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, se arrodilló en la catedral de León para proclamar emperador a nuestro Alfonso VII en 1135.

Un siglo después, en el XIII, a sus mercaderes en el norte de África y a sus mercenarios al servicio de los moros les llamaban «de nación española» y tan frescos ellos. Contentos quedaron de formar parte de la Corona de Aragón, que nunca catalano—aragonesa, y de servir a los Austrias como más tarde a los Borbones, salvo en los momentos en que sacaron la patita de la guerra civil a pasear.

Llegó la muerte de Franco, y en todo el territorio catalán se votó y aprobó por mayoría la Constitución Española. Esa es la realidad de dos mil años, la misma que ahora se cuestiona y falsea en un par de décadas de lo histriónico. Los despropósitos megalómanos llevaron a campañas de publicidad engañosa, Cataluña no es nación, a abrir embajadas de a quilate en el extranjero, a cortar, pegar, amañar la historia hecha manipulación, a buscar el enfrentamiento donde existen tantas hebras en común que con ellas se teje buena tela.

A veces, lo confieso, he pensado qué sería de la Catalunya de Mas y compañía sin España. De entrada, no formarían parte de la Unión Europea y se quedarían sin argumentos. Dejarían de ser los perseguidos para convertirse en el centro de la diana. Estoy convencida que nunca Artur Mas consentiría que se llegase a romper la cuerda. Pues señor President: como en el póker, tanto farol ya cansa.

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