Diario de León
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luis artigue
León

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PPueden reducirme el espacio pero no la libertad», me dijo una vez un exconvicto con alma de poeta. Igualmente la crisis puede recortarlo todo en esa flor de papel que son los presupuestos institucionales, pero no sabe meterle la tijera a la imaginación del gestor cultural. Y audazmente imaginativo nos ha parecido eso de que esta semana la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de León haya sacado la música a las plazas, al tráfico rodado de la vida diaria, que viene a ser algo así como que de repente el academicismo se cuestione a sí mismo.

La música culta y sublime deja por un día de ser música pija para formar parte de la gente que pasa —pasamos—por la Plaza de las Palomas. Bello reclamo armónico para los que se sientan —nos sentamos— mientras toca la Joven Orquesta de Málaga hasta descodificarnos por dentro. Y en testigos nos convertimos de como despliegan esos músicos su talento al aire libre dejándonos así, como si nada, la sensibilidad a la intemperie: brilla la música clásica como para destensar el viento... Y, en esa plaza adoquinada que cada vez tiene menos palomas acaso por lo de la crisis, las emociones de la ciudadanía se disponen también a volar.

Oh, hay algo de democratización de la belleza cara en esto de sacar de templos excelsos como el Auditorio la música refinada para que nos aliñe el sentir a todos; algo de abaratamiento de la inteligencia emocional, ahora que tanto recorte nos está encabronando y entocinando el cerebro en la misma medida.

Buena idea: conciertos en la plaza de las Palomas, en el Jardín del Cid, y en nuestra alma que se puede volver volátil mientras escuchamos sentados en el borde de nosotros mismos: la calle, la plaza, es un lugar propicio para la sofisticación como bien saben en la musical Valencia. Y uno, mientras se estremece y sueña despierto como el náufrago de la novela breve de Gabriel García Márquez, aunque para sí mismo reconoce que disfruta más con la música de raíz como el jazz, folk y flamenco asimismo se dice que está cada vez más cerca del sonido clásico. Y repara en que casi todo lo que sabe decir sobre música clásica se debe a las magnéticas, magníficas, crónicas que, durante años, ha publicado en este periódico ese sabio memorable llamado Miguel Ángel Nepomuceno.

No sabría ahora emular la pluma crítica de Nepomuceno, con su prosa rica en tecnicismos iluminadores, para hablar de esos conciertos que me han emocionado tanto como el gesto de permitir hacerlos: León, como el Salzburgo de un cuento urbano postmoderno, como la Viena imperial o la Nueva Orleáns de las marchas militares, tiene música clásica en la calle para hacerse europea, eufónica y eufórica…

Nos lo ha recordado esta semana la música: la vida es cuestión de ritmo.

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