LA GAVETA
Pasarela Pajariel
Aveces el país de Nunca Jamás está muy cerca. Yo tuve la suerte de verlo todos los días, en la infancia. Me bastaba mirar por la ventana y allí estaba el Pajariel. Que era un reino de magia y de secreto. Y que lo era, sencillamente, porque allí no se podía ir. No se podía ir y no solo porque no te dejaran en casa; sino también porque había que dar una vuelta interminable por el puente de San Pedro –aún no existía el viaducto García Ojeda- y luego cruzar el Boeza, ya lejos, y después ir subiendo por el este del monte, todavía más lejos. Así que casi nadie iba, al menos en la Puebla. No conocíamos el monte, tampoco los mayores. Todo eso fue colocando al Pajariel como un territorio misterioso. Una costumbre imposible. Casi un espejismo pese a su gran tamaño.
El Pajariel era la prueba palpable de que a veces los lugares más fascinantes son los más cercanos. Precisamente por eso, porque están ahí. Porque solo faltaba que no fascinara el desierto de Takla Makan después de hacer el esfuerzo de viajar hasta aquel confín de la China Occidental. O que no fuese recóndito un río de la alta Amazonía. O un poblado de Laponia.
Lo bueno es lo remoto que se ve desde casa. Como el Pajariel, secularmente inabordable. Tierra a la vista, pero solo a la vista. Y además, poco se podía saber con solo mirarlo. No se distinguían recovecos, árboles, sorpresas, fauna. Tampoco se podía ver desde la otra orilla a los personajes de los cuentos recorriendo el monte. Solo se sabía que por allí andaban.
Todo ese tiempo ahora se ha desvelado. El gran monte vecino que acompaña a la ciudad como un enorme león dormido, ahora está muy cerca. Los ponferradinos pueden cruzar una sólida pasarela de madera y pisar la gran sombra verde; trepar por la ladera, avanzar por Nunca y por Jamás. Y todo bien fácil, en unos minutos desde la plaza de Lazúrtegui.
El infinito se encoge; el vasto monte apenas hollado ahora se convierte en un parque urbano. Los lobos y los osos del sueño, las aventuras y los crímenes, los templarios que andaban por la ribera, las hadas que deambulaban entre los castaños, los trovadores y los maquis… de repente se esfuman. Se van a su misterio más apartado, van abandonando sus viejos recintos del Pajariel.
Es posible que hayamos perdido una pequeña región de sueños y de cábalas, pero hemos ganado a un hermano de la urbe, hermano eterno y siempre al otro lado. No solo del río. El hermano monte Pajariel, por fin ponferradino de cuerpo y alma, de tiempo y tierra, de mirar el mundo.
Un monte que también ahora empieza a tratar a esos eternos y desconocidos vecinos que viven en la capital del Bierzo. La ciudad donde tanto gusta mirar al Pajariel. Con pasarela o sin ella.