TRIBUNA
La estrella de Unicef
Que Papalaguinda es uno de los atractivos urbanísticos más bellos de León, por no decir el más bonito, es cosa sabida y generalmente compartida. Y bueno es que todo el mundo conozca el hecho de que en la asignatura de Geografía Turística, en su parte dedicada a la jardinería ornamental de las ciudades españolas, aparecen referencias a los «Jardines de Papalaguinda». Bien, pues si al aliciente de ese lugar, se le añaden fiestas como la vivida por centenares de leoneses —casi en exclusiva miembros de terceras y primeras generaciones familiares— la significación del ilustre paraje alcanza cotas de conmoción sentimental. Dos kilómetros bien recorridos, verificados y compartidos por veteroandantes y pueripaseantes, dan para mucho, miren ustedes. Por lo menos a mí me parecieron dos mil metros singulares y altamente reconfortantes. Las cosas, el tiempo espaciado de nácar y el fantástico coloquio de cristales de colores elaborado por la imaginación de un viejo y una niña, se cristalizan en risas y ocurrencias. Llegan recuerdos, palabras que van de la evocación de la primera muñeca, al cumpleaños sin tarta de un compañero de colegio.
Imaginación inimaginable y conjunta, de nietos y abuelos, que se convierte en monumento a la fantasía, sin concesión a horas grises y a posibilidades aviesas. Y cuando el equilibrio emocional se contrapone a sí mismo, como una gran ola que en la playa tornase resacada a la arena, entonces es —fue— cuando hubo que decir : «¿Ya sabes, Ana, que hemos venido a Papalaguinda para, con otros muchos abuelos y nietos, arrimar algunos eurillos y, también, varias de tus pagas semanales, (si a las gentes nos queda memoria de piedad) para ayudar a muchos, muchísimos niños del mundo más triste y desolado de la tierra? Quiero que sepas que todos los días mueren de hambre y falta de medicinas más de treinta mil niños con menos de cinco años, en los países del llamado tercer mundo. Fíjate, no es que no tengan la nocilla, o el bocata para la merienda; ni tampoco que se les acepte dejar «algo» en el plato. No, hija mía, es que la mayor cantidad de ellos no tiene pan, ni agua ni ropa. Tal que si hubiésemos vuelto la espalda a esos niños torturados por el más duro de los infortunios. Ya sé que das gracias al Niño Jesús al acostarte. Y me parece estupendo. Pero todos, toda la gente, tiene que replantearse su conducta para con los más pobres. De los que se hallan lejos, y de quienes, muchas veces, están a nuestro lado».
Los magníficos ejecutantes de la Agrupación de Gaitas «La Virgen del Camino» parecieron esa mañana marciales, muy hechos al contundente redoble, y a una excelente uniformidad en la marcha. Tocaban sus gaitas con mejor aire que los «« haylanders»» del 007 Sean Conery, mientras los chicos y los grandes de esta entrañable ciudad de San Isidoro, marcábamos el paso con el ritmo de Carmen Sevilla…en sus tiempos. Creo que la charla con la menor de mis nietas quedó, inevitablemente, inconclusa. Tenemos —abuelos y nietos, hijos y padres— que frecuentar nuestro diálogo. Y atemperarlo a una adecuada modulación; la que impone la existencia de cada día; en la que quepan el amor de la fe y la confianza en la razón… Jamás estarán la convivencia, la libertad y el progreso, en buen estado de revista —económica, moral, política…—, si previamente no se respeta la fecundidad humana, y se cesa en su acoso, verbi gracia, por quienes se arrogan derechos para matar. E item más, si no logramos conversar sin gritos, trabajar, sin pausas, convivir en paz; en España, y en el mundo entero. Claro que comenzando por cada reducto propio, por cada familia, por cada grupo social. Es difícil resolver los grandes problemas, si no solucionamos los domésticos, los cotidianos…
Tengo que decirle a la María Teresa de caritativas causas, como la de Unicef, que siga ayudando a hacer un mundo mejor. Para que los abuelos y los nietos, y las gentes todas, puedan recorrer muchos papalaguindas pensando en hacer algo por el prójimo. Y ahí, precisamente ahí, en Papalaguida, se produjo el portento de que brillase una estrella, en pleno día, con un rastro de luz orientado hacia donde Dios quisiese. Y Él quería que hacia los más menesterosos.