FRONTERIZOS
La Ruta de los Canteros
Se toma en el mismo casco urbano de Ciudad del Puente, siguiendo al principio el evocador Camino de los Frailes, levítico topónimo que nos traslada a antiguas propiedades eclesiásticas de los monjes de la Plaza de las Eras, y luego un sendero paralelo al trazado ferroviario, limítrofe de viñedos, espléndidos aún en el abandono, ya casi asfixiados por las capas de escombros que le han ido creciendo como una meseta a la cuesta de Montearenas. Hasta aquí bajan los corzos y los jabalíes, pisoteando un paisaje que ha sobrevivido al crecimiento urbano y se hace huerta hacia el Boeza. Un damero de hortalizas, frutales y muretes de canto rodado que tienen algo de retrato preindustrial de una ciudad que vivía pendiente de la tierra y la lluvia de primavera.
Hasta el portón del Monasterio de San Miguel de las Dueñas deben ser unos diez kilómetros. Un par de horas de camino a buen paso. Se le llama la Ruta de los Canteros por los abundantes restos de explotaciones del excelente granito de la zona, de las que se extrajo la piedra para sillares de casas nobiliarias de Ponferrada y aún de Maragatería: se dice que de aquí se nutrió Gaudí para su fantasía neogótica del Palacio Episcopal astorgano. En la posguerra también se aprovecharon algunas vetas de wolframio, lo que nos lleva otra vez a un pasado mítico y novelero. El trazado es accesible para cualquier caminante y cuenta con numerosos atractivos. Después de rendir un último servicio en forma de presa, el Boeza atraviesa por aquí un cerrado cañón con espectaculares cortes. La vegetación es abundante y variada y no es extraño encontrar rastros de fauna. La línea del ferrocarril, encajada entre la ruta y el río, ofrece en este tramo muestras ejemplares de la ingeniería decimonónica que comunicó la meseta con el noroeste a través de estos valles a los que sólo se puede entrar bajando.
Aún con estos atractivos, la de los Canteros no deja de ser una ruta de senderismo más entre las que abundan por todos los rincones de la comarca. Pero esta tiene su pequeña historia. Alberto y Carlos, un médico en ejercicio y un prejubilado, han ocupado en los últimos meses todo su tiempo y un incalculable esfuerzo en topografiar, documentar, desbrozar, acondicionar y señalizar este camino, hasta entonces ignorado y acotado para despreciables prácticas furtivas. Alberto y Carlos lo han hecho de forma altruista y desinteresada, sin ningún tipo de afán publicitario, sólo por el placer de descubrir un recorrido que se ha popularizado entre los caminantes en muy poco tiempo. Una historia pequeña, que creo que merece estos tres mil caracteres, aunque sólo sea para contar algo hermoso en medio de este pozo de pesimismo en el que nos estamos hundiendo.