Diario de León
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ara antón
León

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Uno de los emires de nuestros pequeños, descapitalizados, pero, sobre todo, independientes reinos –con perdón- de Taifas, promete subir los impuestos a los ricos. No sé yo si eso es justo, ya que muchos de esos ricos han conseguido sus dineros con enorme esfuerzo y dedicación, saliendo de la nada o, lo que es lo mismo, de un poblacho que ya empezaba a morirse, empujado por esos mismos dirigentes, que daban subvenciones a cambio de arrancar viñedos o deshacerse de ganado. Alguno de esos ricos intuyó el desastre y abandonó sus tierras. Por los caminos encontró otros medios de subsistencia y, sin medir sus horas de trabajo y con mucha creatividad, consiguió su riqueza. Y ahora le suben los impuestos por el bien común y mira con asombro a esos otros ricos

— los de verdad, a los de siempre— a los que además de regalarles la vida, les han puesto en las manos la fortuna amasada por sus antepasados desde los tiempos en que los siervos eran la solución. Y se asombra. Se asombra de que ese niño bonito que con ímprobo esfuerzo monta su caballo para exhibirse tenga que pagar lo mismo que él, o puede que menos si la legión de abogados que le respaldan es lo suficientemente eficiente. Pero, dejémoslo así, porque eso de esquilmar a los ricos , sean de la clase que sean, nos encanta a los inútiles que no hemos tenido el valor o la suerte de elevarnos sobre nuestras miserias. Alguien tendrá que pagar los gastos suntuarios de los emires, las embajadas en el extranjero de países de cinco metros cuadrados, el cuento para ingenuos de la lengua materna y olvidada —no entendida como un rico patrimonio a preservar, sino como un arma política—, el mantenimiento de un Senado que no sirve para nada... Alguien lo tiene que pagar. Y como lo políticamente correcto, por aquel discurso de los pobres, obreros, proletarios, etcétera, que a estas alturas debería estar superado por logros que habrían conseguido elevar a las clases desfavorecidas a la situación de bienestar a que tienen derecho... Pues eso, que vamos a gravar las grandes fortunas. Pero, mientras nos decidimos o no —porque es de suponer que los poderosos no se van a quedar de brazos cruzados—, vamos a empezar por lo más sencillo, por los más débiles: los enfermos y los ancianos. Ellos ya no tienen fuerzas ni medios para resistir. Se van a dejar esquilmar sin abrir la boca y los emires podrán seguir disfrutando de sus sueldos astronómicos y subvencionando gastos superfluos que dejen turulatos a sus incondicionales, a los que se les caerá la baba ante nacionalismos bananeros, que no es que busquen valorar la cultura, tradiciones, lengua o recursos de una tierra, no; tal como hoy están entendidos aspiran a —y por supuesto logran— hacer medrar a sus dirigentes, quienes, después de encendidos discursos, se vuelven para soltar una risita, viendo las pasiones incontroladas —dignas de mejor causa— que desatan en sus seguidores.

Dicen las malas lenguas que todos esos jefecillos acuden a las clases impartidas por algunos mandatarios de repúblicas bananeras, preferiblemente —por aquello del idioma— latinoamericanas. Que, ya puestos, no sé por qué han dejado de llamarse hispanoamericanas. ¡Ah, claro! Porque eso sonaría a español y ese concepto trasnochado, y por demás superado, está muy mal visto.

Bien. Pues, a lo que íbamos: que estos jeques de nuevo cuño, después de regresar allende los mares, con las lecciones aprendidas y el magín lleno de ideas brillantes, al ver las arcas vacías deciden llenarlas esquilmando al funcionariado —entre cuyos integrantes, les aseguro aunque la mayoría no se lo crea, hay sueldos de 900 euros—, a la Sanidad —porque los enfermos, además de no rendir, gastan—, y ahora, en el colmo de la creatividad, deciden recortar ayudas a los ancianos. De momento —probablemente hasta que se acostumbren o, aburridos, decidan morirse— durante un par de meses, dicen, para que no suene tan bárbaro e inhumano.

Yo, aunque no he tenido la suerte de recibir lecciones bananeras, quiero poner mi granito de arena —uno también tiene sus momentos brillantes— y se me ha ocurrido un nuevo impuesto que podría ayudar a seguir manteniendo nuestros reinos de Taifas y a sus califas. ¿Qué tal si gravamos a los bebés? Sólo hay que hacer números y veremos enseguida lo caro que resulta al Estado, o a los Estados —creo que así es más exacto y más aceptado— el mantenimiento de todas las madres, que luego alimentan a esos gorditos glotones irresponsables, a los que no preocupa en absoluto lo que se ha tenido que invertir en la leche que tragan a grandes buches, mamando golosos e insaciables. Pongámosles un impuesto. No hay razón para que no les hagamos pagar lo que consumen, tal como todo hijo de vecino debe hacer. Ahí queda otra imaginativa solución que puede añadirse a la lista de las pensadas por nuestros brillantes dirigentes.

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