Diario de León
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AGUIRRE
León

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U n casco oxidado con dos orificios de bala, por los que posiblemente irrumpiese la muerte. La fotografía de este periódico mostraba este resto de la guerra civil, hallado en lo que fue la posición republicana de Castiltejón, en Puebla de Lillo. No se sabe a quién perteneció. A priori, no cabe mayor anonimato. Y sin embargo podemos percibir lo que ocurrió después, pues es tan viejo como el mundo: otros sintieron que también ellos habían muerto. Unos padres, una novia o una esposa, unos hermanos, sus compañeros… Esta clase de dolor lo encontramos ya en la Ilíada , anterior a la existencia de la escritura. Por ello, en la misa dominical tuve un recuerdo para ese caído, fuese quien fuese, convertido en eco de todas las guerras. Ese casco no es una cosa, sino prolongación de un ser que ya no vive pero que está. Cabe preguntarse también quién sería el otro, el hombre que apretó el gatillo. No pretendo poner en una misma balanza el hecho de morir y de matar, pero ¿cuál sería su destino?

Lo he escrito en otras ocasiones, puedo admirar un trabajo sobre aquella tragedia realizado con criterios de historiador y con el distanciamiento de quien busca la verdad de los hechos tal como ocurrieron, pero en lo personal ya sólo me interesan los discursos proclamados desde la piedad. Hoy para mí ese casco es un cáliz en cuya noble herrumbre deseo percibir destellos la Historia Universal del Perdón.

Nuestro país es este, esta nuestra tierra y aquella fue la guerra de nuestros mayores. Pero todo el planeta oculta en sus entrañas un sendero de cascos. Así fue y así, ay, seguirá siendo como no lo evitemos. El siglo XX padeció dos guerras mundiales. Europa gimió de dolor. Y los familiares de las víctimas de ETA no han dejado de llorar a sus muertos, como no lo han hecho quienes perdieron a los suyos en las Torres Gemelas.

¿Quién fue el soldado de ese casco republicano? Un ser humano como nosotros. Proclamándolo como tal ya lo sabemos todo de él, lo esencial, aquello que nos hermana. Aquel día terminó con su vida alguien que, posiblemente, no fuese malo. Y esta paradoja no le quita horror al hecho, sino que se lo aumenta. Bajo la Troya arrasada, el fantasma del rey Príamo aún llora a sus hijos muertos.

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