FUEGOAMIGO
La casa de los poetas
Astorga ha conseguido por fin abrir la Casa de los Panero, ventilando décadas de abandono y desdén. Acogerá el legado de aquel grupo de amigos trizado por la guerra que Gerardo Diego bautizó como Escuela de Astorga: Gullón, Alonso Luengo y Juan y Leopoldo Panero. Se añade con acierto el músico Evaristo F. Blanco, cuya obra sinfónica ha editado la Fundación Siglo. Un elenco de difícil reunión, zarandeado por los equívocos de un tiempo confuso.
En cuestión de malentendidos, el caso de Leopoldo resulta proverbial: detenido en Astorga, salvó el pellejo por el parentesco de su madre con Carmen Polo, para terminar la guerra con los ganadores. Como Celaya o Crémer. Luego sobrevivirá, entre prebendas y renuncios, hasta 1962, obligado a toda suerte de demasías. Su hermano Juan hizo campaña para el Frente Popular y murió como falangista en 1937. No es extraño con esos antecedentes que se extraviara Rafael Alberti, al evocar su muerte defendiendo el ayuntamiento republicano de Astorga.
En 1935 Leopoldo formó con María Zambrano y Luis Cernuda un equipo de las Misiones Pedagógicas. Los tres aparecen, con Panero en primer plano, en una fotografía muy reproducida, que pertenece al Archivo de la Residencia de Estudiantes. Publicada en prensa o catálogos, el pie de foto siempre silencia la presencia de Panero.
Otra imagen de la misma expedición los muestra en Alcolea del Tajo, acompañados de unos cuantos vecinos. La recoge el álbum que dedicó el gobierno Aznar al centenario de Cernuda. Aquí, el pie de foto identifica a Panero como Alfonso Rodríguez Aldave, efímero marido de Zambrano.
José María Valverde, que tuvo ocasión de mudar su camisa juvenil, expresaba en 1968, refiriéndose a Panero, la paradoja de que el hombre que en los años cuarenta era el rojo por antonomasia, después se convirtiera en el poeta del Franquismo. Seguramente por eso, para tapar aquella mancha, escribió el Canto personal, en respuesta al Canto general de Neruda. Fue el diezmo tardío del miedo. Pero aquel arrebato extemporáneo le granjeó numerosos rechazos y lo llevó al naufragio amargo en el alcohol. Murió sin tiempo para redimirse y le correspondieron los albaceas más inclementes.
Su obra poética merece una estimación superior a otras instaladas en el canon de la posguerra. Pero ha sido un autor hurtado a sus lectores y vilipendiado. Chávarri (hijo de Marichu de la Mora) inauguró una cacería que luego ha proseguido en las memorias de la viuda, en una nueva cinta de Ricardo Franco y en la incontinente verborrea de los hijos. Podían haber hecho la misma peli con su familia. No fue liviana penitencia para unos errores bastante comunes. Por eso, el esfuerzo de Astorga, publicando la obra y abriendo su casa a todos, merece gratitud.