Diario de León

LA 5ª ESQUINA

Las permanentes flores del mal

Publicado por
jesús a. courel
León

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Decía Ramón Carnicer que los españoles padecíamos «ignorancia floral», que nuestro conocimiento de la naturaleza se reducía a la mísera generalidad de los términos yerba, arbusto o árbol a secas. No es el caso de Ángel Penas, rector que fue de la Universidad de León, cuya lección inaugural de este nuevo curso académico versó sobre las flores que se pueden contemplar en León, a lo largo del Camino de Santiago. Una florida reflexión que nos animó a mirar a nuestro alrededor, a conocer el entorno cercano y, en especial, a valorar la riqueza de nuestra flora, no sólo por su belleza y variedad, sino por colaborar graciosamente a nuestra existencia. Atender, escuchar, conversar, comunicar… Decía Kant que el hombre es lo que la educación hace de él, que somos lo que nos enseñan. Por eso, cuando el otro día escuchaba al catedrático de botánica Ángel Penas hablar de los colores del Camino, de las flores del hombre ahorcado, del azotacristos, del gordolobos, de cuernicabras y meacamas; y disertar sobre el nabo del diablo (llamado así porque tiene raíces azucaradas pero tóxicas) o descubrir que algunos frutos como los «tapaculos» tienen propiedades astringentes, recordé las enseñanzas de mi abuela Felisa —en mis tiempos de adolescente, cuando era una pesadilla ir los fines de semana al pueblo—, sobre el romero, la menta u otras plantas que crecían por todas las esquinas en los pueblos de El Bierzo. Esas fueron las flores lozanas. Las mustias nacieron después, sobre el asfalto…

Con frecuencia observamos en la distancia, sin darnos cuenta de lo que tenemos bajo nuestros pies. Para Charles Baudelaire (escritor francés del siglo XIX), esa actitud significaba caminar de la mano de la monotonía hacia la derrota: «… Cada día descendemos un paso hacia el Infierno, sin horror, a través de tinieblas que apestan». Quizá estos versos les suenen familiares, sobre todo cuando terminan los informativos. Baudelaire escribió un largo poemario llamado «Las flores del mal», como desprecio a los ideales de una época caduca, el Romanticismo, cuyo interés buscaba ocultar lo feo y maldito bajo una capa de belleza superficial y anodina, cuyo diccionario era una melancolía enfermiza y un feroz nacionalismo. ¿Les suena? Para este espíritu errante y sin patria, aquellas flores del mal (estupidez, lujuria o mezquindad), ocupaban nuestra mente, «como los mendigos nutren a su piojera». Si en las etéreas regiones de la verdadera poesía no existe el mal y tampoco el bien, como dice el poeta, no se puede argumentar lo mismo para las flores, pues dependen del estiércol con que se abonen… Había que hacer algo.

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