TRIBUNA
Corriendo al botellón
Cuando volvía a casa por el camino de la avenida universitaria —era viernes— vi, no sin pena, a un muchacho que llegaba tarde. ¿A dónde? Llevaba una bolsa de supermercado con su bebida y su alcohol. Iba solo con su bolsa.
Era ese pájaro solitario que se ha retrasado a la partida de la bandada migratoria y quería incorporarse a ella, porque volar sólo es demasiado riesgo… porque si fallan las alas, uno cae irremediablemente al mar —es un decir freudiano—. ¡Deprisa, muchacho, deprisa! ¡Ingresa cuanto antes en la manada! ¿Trajiste tu móvil?
Muévete. Es la hora de descargar la soledad, el miedo, la ira o el fracaso en la comunidad. La hora de sentirte rodeado y protegido por otras soledades. ¡Muévete!
Ahora cuando entres en los bordes del grupo ya puedes respirar tranquilo. Contemplar a los demás es la pasión del espejo que tantas veces experimentas en casa. Mirar a los demás y ser mirado es la forma de sentirte vivo. ¡Adoración!
Sólo faltaría un Führer, un Caudillo, un Kaiser, un César… No. Ya no son necesarios. No hay cuentas que ajustar, no hay batalla que ganar, ni honor que lavar con sangre. Horacio lo había dicho: Es dulce y honroso morir por la patria.
Pero en la cara de todos los amigos que ya están reunidos resuena otra frase más práctica: Es dulce y honroso morir por la patria, pero es más dulce vivir por ella y más dulce aún beber por ella. ¿Otro poco de vodka?
El estado en que quedará el campus universitario será parecido al de un campo después de la batalla, pero sin cadáveres: sólo basura. Te lo digo amigo solitario que llegas tarde, sin ánimo de ofenderte. La cultura de masas te ha puesto en su diana. Ya no habrá rebelión: como máximo, indignación ciega. Ya casi no necesitas libros-fusiles, te bastan unos apuntes degenerados, un poco de alcohol y un refresco americano. ¿Americano? Sí hombre.
Antes de ir a esta reunión ya te habías reunido… ya habías contactado con la manada. Te reúnes por que ya ha te has reunido en un mundo americanizado. ¿No llevas pantalones de Cowboy y el rótulo de tu chándal dice University of Illinois? ¿No te llevan tus zapatillas de diseño americano con frecuencia a Mac Donalds o al Burger de la esquina? Entra amigo en el grupo.
El grupo se mueve pero es como se mueve el rebaño; por patrones que ninguna oveja controla sino el perro del pastor. El pastor se llama «Cultura de Masas» y el perro del pastor se llama Gobierno.
¿Pero la Universidad no es el centro vigilante de la cultura, de la «formation de cadres», de la creación de élites rectoras para el mundo de la investigación y la política? Si hijo, sí. Eso era, pero ahora es también la sede del botellón. Y el rector de la Universidad ha de ser tolerante y comprensivo con la cultura de masas. Tiene que colaborar con ella o, por lo menos, no debe oponerse, porque de todas formas, ha de considerarse vencido.
Ya has recibido las primeras sonrisas, ahora, amigo, busca tu grupo; únete a tus colegas, míralos porque en su mirada encontrarás el alivio de la soledad; porque en ella verás que te reconocen como suyo, a cambio de que los reconozcas como tuyos; vive y bebe; beber es vivir en la comunidad.
Y brinda una y otra y mil veces por la patria que era el solar de la inteligencia y la cultura, el camino de la diferencia, el campus. Levanta tu copa por la tolerancia. No necesitas gran cosa para un título. Tu título será igual a cualquier otro título.
En las películas, un botellazo en la cabeza nunca suele matar a nadie, contra toda razón porque, bien dado, hunde el hueso del cráneo y te hace cliente de Serfunle. Aquí, en el campus, has recibido el botellazo justo en mitad del alma. Y la Universidad se ha vuelto cómplice. Ahora, sonríe acá, allá, y acullá. Es la forma de la descarga y la masa será mansedumbre.
El reino del limbo dentro de ti, lo tienes. No, no. Aún no le han cambiado el nombre: intentaban ponerle el nombre de Limbo de los Gilipollas, pero parece que todavía no es prudente el cambio.